Los mandarines (fragmento)Simone de Beauvoir

Los mandarines (fragmento)

"Iba a comer con Paula y no le urgía verla. Se puso a caminar a pasos cortos. Decir la verdad: hasta ahora eso no había planteado problemas serios; había contestado que sí a Lambert sin vacilar: era casi un reflejo. Pero en realidad no sabía ni lo que debía creer ni lo que debía hacer, no sabía nada: estaba todavía aturdido como si hubiera recibido un gran golpe en la cabeza. Evidentemente, Jorge no lo había inventado todo. Quizá todo era verdad. Había campos donde quince millones de trabajadores estaban reducidos al estado de sub-hombres; pero gracias a esos campos el nazismo había sido vencido y un gran país se construía en donde se encarnaba la única posibilidad de mil millones de sub-hombres que reventaban de hambre en China y en la India, la única posibilidad de millones de obreros esclavizados a una condición inhumana, nuestra única posibilidad. “¿Ésta también nos fallará?", se preguntó con temor. Se daba cuenta de que nunca había dudado seriamente de ella; las taras, los abusos de la U.R.S.S. los conocía; no impide que un día el socialismo, el verdadero, aquel en que se reconciliarían justicia y libertad, terminaría por triunfar en la U. R. S. S. y por la U. R. S. S.; si esta noche esa certidumbre lo abandonaba, entonces todo el porvenir se hundía en las tinieblas: en ninguna otra parte se perfilaba ni la más mínima luz de esperanza: " ¿Es por eso que me refugio en la duda?'. -se preguntó-. ¿Rechazo la evidencia por cobardía, porque el aire ya no sería respirable si ya no hubiera un rincón de la tierra hacia el cual poder volverse con un poco de confianza? O, por el contrario, quizá sea aceptando con complacencia las imágenes de horror que estoy haciendo trampa. A falta de poder creer en el comunismo sería un alivio poder aborrecerlo resueltamente. ¡Si al menos uno pudiera estar totalmente en pro o totalmente en contra! Pero para estar en contra habría que tener alguna otra cosa que ofrecer a los hombres: y es demasiado evidente que la revolución se hará por la U. R. S. S. o no se hará. Sin embargo, si la U. R. S. S. no ha hecho sino sustituir un sistema de opresión por otro, si ha restablecido la esclavitud, ¿cómo seguir teniéndole simpatía? "Quizá el mal esté en todos lados", se dijo Enrique. Recordaba aquella noche en un refugio de la Cevenas en que estaba voluptuosamente dormido en las delicias de la inocencia; si el mal estaba en todas partes la inocencia no existía. Hiciera lo que hiciere estaría en el error; error si divulgaba una verdad trunca, error si disimulaba, aun trunca, una verdad. Bajó junto al río. Si el mal está en todas partes no hay ninguna puerta de escape ni para la humanidad ni para uno mismo. ¿Habrá que llegar a pensar eso? Se sentó y miró distraídamente correr el agua.
Yo estaba trastornada de alegría y de curiosidad la noche en que aterricé en La Guardia; pasé la semana siguiente tascando el freno. Sí; sobre los últimos progresos del psicoanálisis americano tenía todo que aprender; las sesiones del congreso eran muy instructivas, así como las conversaciones con mis colegas; pero también tenía ganas de ver Nueva York y ellos me lo impedían con una tenacidad desesperante. Me confinaban en hoteles recalentados, en restaurantes climatizados, en despachos solemnes, en departamentos de lujo, y no era fácil escaparles. Cuando me dejaban en mi hotel después de comer, yo atravesaba rápidamente el hall y salía por otra puerta; me levantaba al alba e iba a pasear antes de la sesión de la mañana; pero no sacaba mucho en limpio de esos momentos de libertad a la disparatada; me daba cuenta de que en Estados Unidos la soledad no compensa; y estaba inquieta al dejar Nueva York, Chicago, San Luis, Nueva Orleans, Filadelfia de nuevo, Nueva York, Boston, Montreal: una hermosa gira; pero tenían que darme la posibilidad de aprovecharla. Mis colegas me habían indicado direcciones de nativos para quienes sería un placer mostrarme la ciudad; pero se trataba exclusivamente de doctores, de profesores, de escritores, y yo desconfiaba.
En Chicago en todo caso la partida estaba perdida de antemano; sólo me quedé dos días y dos señoras de edad me esperaban en el aeropuerto; me llevaron a almorzar con otras ancianas que no me soltaron en todo el día. Después de mi conferencia comí langosta entre dos señores almidonados y es tan cansador aburrirse que al volver al hotel subí directamente a acostarme. "



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