El humo dormido (fragmento)Gabriel Miró

El humo dormido (fragmento)

"Era demasiado pronto para ir al cielo. El cielo había de comenzar cuando acabase la vida de toda la tierra; entonces, según el parecer del señor Hernández Aparicio, principiará la eterna bienaven­turanza, que debe ser una para todos los justos; porque, ¿cómo quieres tú -me decía Aparicio­- que la gloria celestial sea más larga, más eterna para los que ya murieron y se salvaron que para los que todavía tienen que nacer, vivir y salvarse? No; esa gloria es una y, la misma, y los que se hallan en el ciclo han de esperar a los futuros y definitivos bienaventurados. Pues cuanto menos se aguarde, mejor.
Así pensábamos, calculando por medidas cadu­cas y terrenas la heredad que no tiene términos. Y proseguíamos imaginándonos la espera de la felicidad hasta el cielo, viendo el afanoso tránsito de los elegidos. Y como en este mundo se suelen esperar las cosas buscándose los deudos y amis­tades para esperarlos juntos, nos dijimos que acaso en la gloria procediéramos de la misma suerte. Aparicio se estremeció. Es que se acordaba de su tía doña Raimunda Hernández, que vivió y murió como una santa. Lo proclamaban los más doctos y buenos de la provincia de Murcia. Morir y salvarse tan temprano equivalía a esperar más tiempo la vida perdurable al costado de doña Raimunda Hernández. Era seguro que había de encontrarla, aunque no pudiésemos explicarnos que llegasen a merecer la gracia y la predilección del Señor almas tan desabridas y tan insufribles en la tierra... Al lado de la señora y del Hermano Enfermero; porque el Hermano Enfermero necesariamente moriría de un momento a otro, por el encendido fervor en implorarlo y por su precaria naturaleza.
[...]
Y no nos persuadíamos. Este marginar la emoción de nuestro encuentro, desde el primer instante, sería lo que apagaba su júbilo. Fuimos dos críticos que se abrazan. Ordóñez aparentaba dis­traerse, y yo también. Mirábamos la calle ruda, toda ole sol, empedrada de guijas de río, de tapias de cal, como un camino entre heredades... De súbito, Ordóñez me miraba para verme mejor en mi des­cuido, y como yo también quería valerme de lo mismo, nos sofocábamos de la coincidencia, y ese sorprenderse el ánimo sin pañales no abre la cor­dialidad. De modo que vacilábamos en fuerza de no decirnos nada, queriéndolo decir lodo, y viéndonos y comprendiéndonos más allá de la confianza antigua. Aquí parece que se avengan, claro que un poco reducidas, aquellas palabras de madame Staël: «Verlo y comprenderlo todo es una gran razón de incertidumbre».
La calle semejó latir como si fuese un sembrado que de pronto lo penetrara un aire de buena lluvia. Era un cántico de niñas encerradas. Dijo Ordóñez que había cerca un convento de madres Carmelitas y ensayaban unos Gozos las chicas pobres de la parroquia. Los pronunciaba muy contento de salir objetivamente de la cortedad.
Se oía el órgano como una voz cansada de maestro que reprende durmiéndose en la lección. Y resaltaba la tarde la ciudad vieja sobre este fondo infantil, dándose las claridades de la emoción a costa de las niñas encerradas en torno del arca de un armónium. Quizá fue éste uno de los más tempranos principios de doctrina estética que recibí. "



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