La llegada de todos los trenes del mundo (fragmento)Alfonso Cuesta

La llegada de todos los trenes del mundo (fragmento)

"Un día amanecí con sed de pintar. Sentía que iba a producir mi mejor obra, pero no encontraba argumento. Las ideas se atropellaban en mi cerebro. Rasgué en vano varios lienzos, hundí con avidez mis manos en el óleo!
Es que tú no sabes del óleo ¡Eso de extenderle sobre el lienzo, darle expresión; volverle nube, ola, mujer desnuda...!
¡Oh las formas desnudas de los lienzos!
Nada pude hacer. Las ideas se enredaron en mi cerebro; el pincel, mi miembro predilecto, enmudeció.
En vano me arrastré, rasgué más lienzos, revolví el óleo: nada...
¡Oh la impotencia del pincel!
Y sin embargo, el argumento llegaría; sentía que iba a caer en mi cerebro como una manzana...
Salí de mi casa. El invierno comenzaba.
Ponía alas fugitivas en el cielo; blancuras en los jardines, en las avenidas; pieles polares sobre los hombros que, en primavera, tentaron como uvas; guantes sobre las manos pálidas.
No sé cuánto tiempo había andado sin darme cuenta, cuando ella,... Te explicaré primero: Yo pasaba cerca de una estación y ese momento llegaban los trenes.
Me detuve.
Las locomotoras jadeaban. Una muchedumbre se agitaba junto a los vagones. La nieve caía y los viajeros bajaban cubiertos de pieles.
De repente, una silueta toda blanca apareció a la puerta de un vagón: Era una mujer, ¡tan distinta a las demás!, rara única, tu!...
Repetía Jorge estas palabras templando al cuadro una mirada tan intensa, que creí ver algo vivo, como una cuerda musical, entre sus pupilas y las de la mujer—nieve; pero una cuerda resistente, donde podía saltar una bandada de mirlos blancos... Tú! Tú! Tú! como recuerdo, como ruego, como busca. "



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