Mendelssohn en el tejado (fragmento)Jirí Weil

Mendelssohn en el tejado (fragmento)

"En realidad, lo habían deducido en cuanto le vieron. La última vez que visitaron al tío Rudolf, hacía ya mucho tiempo, tenía la cara chupada, como si la piel, pálida como la cera, cubriera sólo huesos. Se parecía a la estatua frente a la que estaba el reclinatorio.
Rompieron a llorar. El tío Rudolf era la única familia que les quedaba. Ya no tenían a nadie. La muerte había venido a por todos, incluso a por su madre, y también a por su padre, y ahora le había llegado el turno a su tío.
Jan Krulis permaneció callado, esperando a que las hermanas dejaran de llorar. Se olvidarán, tendrán que ocuparse de otras cosas: más preocupaciones y ninguna alegría. ¡Qué clase de vida es esta…! ¡Pasarse el día entero escondidas, tener miedo cada vez que suena el timbre, no salir nunca a tomar el aire, al río, al parque! Antes se solía decir que el aire y el sol eran gratuitos… Pues no lo son, podrían pagarlos con la muerte. Ahora la vida se ha convertido en un medio de pago demasiado frecuente. Y mantener a las niñas ocultas estaba resultando muy difícil. No debían permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, porque, incluso con la mayor de las cautelas, podría producirse el desastre: bastaba con que alguna de las vecinas notara algo fuera de lo común, como por ejemplo el leve movimiento de una cortina en algún momento en el que supieran que no había nadie en la casa. En este tipo de barrios, las mujeres pasan mucho tiempo asomadas a la ventana. Es su manera de entretenerse, aunque en realidad en la calle no esté sucediendo nada fuera de lo normal. Se fijan en cualquier detalle que se les antoja sospechoso y se van contando unas a otras las historias que se inventan, hasta que, un buen día, las habladurías podrían llegar hasta el confidente de los alemanes. Y entonces ellos irrumpirían en el apartamento. Es peligroso permanecer escondido en un mismo lugar durante mucho tiempo.
La gente tenía miedo, lo cual no era de extrañar, y por eso resultaba cada vez más difícil encontrar un nuevo escondrijo. Esconder a un judío, ya fuera niño o adulto, se pagaba con la muerte. Había quienes cobraban por hacerlo, pero uno no podía fiarse de tales personas, pues era de suponer que también serían capaces de traicionar por dinero. Sólo se podía confiar en las personas honestas, honradas y desinteresadas. Seguro que había mucha gente así, pero en una gran ciudad era como buscar una aguja en un pajar. "



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