La Isla Felsenburg (fragmento)Johann Gottfried Schnabel

La Isla Felsenburg (fragmento)

"No sabría qué palabras emplear para dar cuenta de la tierna bienvenida y el íntimo regocijo que sentían Albert
Julius y los suyos. El honorable anciano me abrazó con tal sincero ímpetu, que sentí la agitación de su noble sangre, y hube de quedar un buen tiempo entre sus brazos. A esto, me hizo sentar sobre su regazo como a un niño, e hizo llamar a todos los presentes, tanto a los niños como a los mayores, quienes con alegría llegaron hacia mí, imprimiendo los besos de bienvenida en mi boca y en mi mano. Los otros recién llegados fueron recibidos con no menor contento y franqueza, de forma que los primeros cumplidos duraron hasta pasado el mediodía. Luego fuimos a almorzar en la casa de la colina, junto con Albert Julius y los cinco ancianos. No fuimos atendidos, por cierto, como reyes, pero no se nos trató de mala manera: además de los cuatro platos realmente sabrosos, que consistieron en carne, pescado, ave azada y unas raras verduras, se nos sirvió un vino muy delicado, cosechado en esta isla. Se habló muy poco a la mesa; mi tío bisabuelo, Albert Julius, empero, a cuyo lado debí sentarme, me servía siempre los mejores bocados y, según decía, a causa de su inmensa alegría, no podía comer ese día ni una cuarta parte de lo que solía. Esta gente no tenía la costumbre de sentarse largamente a la mesa, por lo que, una vez saciados, nos levantamos. El patriarca, según era habitual en él, rezó tanto antes como después del almuerzo; yo le besé, cual un hijo, la mano. Él, en cambio, me dio un beso en la boca. Tras esto, dimos un paseo alrededor de la casa sobre la colina –que había sido construida con piedras macizas– desde donde pudimos echar un vistazo a casi la totalidad de la parte interior de la isla y se nos instruyó acerca de sus aspectos más notorios. Desde allí, Albert Julius se hizo llevar en una litera a su Gran Jardín, hacia donde todos lo seguimos, maravillándonos ante su ameno, útil y artístico trazado. Es que a este jardín, que medía, más o menos, un cuarto de milla alemana de largo, y que era igual de ancho, el patriarca lo había dividido, mediante una encrucijada, en cuatro partes iguales: en el primer cuadrante, el del oeste, se hallaban los árboles frutales más selectos, de más de cien tipos. El segundo cuadrante, al sur, albergaba todo tipo de bellas cepas de vid, en las que había grandes uvas y granos rojos, verdes, azules, blancos y de otros colores, todos extraordinariamente grandes. El tercer cuadrante, al norte, tenía infinidad de variedades de flores. Y, en el cuarto cuadrante, cuyo ángulo daba hacia el oeste, se podían hallar las más necesarias y delicadas hierbas para cocinar, y raíces. En este pequeño paraíso pasamos, por demás, alegres las horas de la tarde y, alrededor de una hora antes de la puesta del sol, regresamos al Castillo de Albert, cenamos de la misma manera que al mediodía y, luego, nos sentamos frente a la casa, en unos bancos de césped muy hábilmente hechos. Allí, el capitán Wolfgang le contó a Albert acerca de nuestro último viaje y otras cosas, hasta que la llegada de la noche nos recordó que era hora de rezar y de ir a dormir. "



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