Las voces de Marrakesh (fragmento)Elias Canetti

Las voces de Marrakesh (fragmento)

"Pronto advertí que los «Judíos Eternos» incluso entre ellos quienes actuaban sin descanso y con un punto de indecisión, siempre re­sultaban ser trashumantes, gentes que llevaban consigo todos sus enseres y que tenían, con ellos, que abrirse ca­mino a través de la multitud, y que ignoraban si alguien no se abalanzaría por la espalda sobre su mísera pro­piedad; por la izquierda, por la derecha o por todas par­tes a la vez. Quien se decía propietario de una tienda y en ello perseveraba, siempre podía esperar lo peor.
Algunos, no obstante, se acurrucaban en el callejón y ofrecían chucherías a la venta. Con frecuencia se tra­taba de montoncitos de verdura o frutas muy llamati­vos. Se comportaban tal como si no tuviesen verdadera­mente nada que vender y se ceñían exclusivamente a los ademanes propios del negocio. Miraban con desinterés; eran muchos y no me resultó nada sencillo acostumbrare a ellos. Pero pronto me hice a todo y no me mara­villé demasiado cuando vi a un hombre viejo enfermizo acurrucado en el suelo que ofrecía a la venta un único y reseco limón.
Me metí entonces en un callejón que desde la entra­da del bazar llevaba a las profundidades del Melah. Es­taba demasiado poblado. De entre los innumerables hombres, vinieron hacia mí algunas mujeres sin velo. Una mujer avejentada y apergaminada del todo marcha­ba a paso lento, parecía el más viejo de los seres huma­nos. Sus ojos estaban dirigidos fijamente a la lejanía; parecía mirar exactamente a donde se encaminaba. No apartó a nadie; mientras otros describían círculos para abrirse paso, a su alrededor siempre había sitio. Pienso que se la temía: Caminaba muy lentamente y habría te­nido tiempo sobrado para maldecir a cada una de las criaturas vivientes. El temor que infundía era, en efecto, el que le daba fuerza en su caminar. Cuando finalmente se cruzó conmigo, me di la vuelta y la miré. Sintió mi mirada, pues se volvió hacia mí tan lentamente como caminaba y la sorprendió de lleno. La esquivé con rapi­dez; y ante su mirada mi reacción fue tan instintiva que poco después me di cuenta de cuan velozmente camina­ba yo mismo. "



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