Los aprendices (fragmento)Carlos Eduardo Zavaleta

Los aprendices (fragmento)

"En cuanto concluían las clases y llegaban las vacaciones, su madre se ponía a remover bultos de ropa como ése. Cada año ella descubría nuevos clavos en las tiendas, mejor diseñados y más fuertes, clavos alemanes, japoneses y con el tiempo peruanos, hasta dar con las magníficas alcayatas que lamentablemente sólo podían usarse en las paredes, no en las puertas, porque las bandeaban y partían. En esos buenos soportes colgaba sacos y abrigos del señor Fuentes, formando una gran joroba que quizá escondía alguna cabeza solamente visible por el otro lado de la pared; en los clavos medianos ponía sus propios trajes; en los chicos, corbatas, toallas y la ropa de Edgardo, el hijo único; y en los muy pequeños, los cuadros diminutos de la Virgen de las Nieves, Fray Martín de Porres o Santa Rosa de Lima.
Al quitar la ropa y darse debajo con el empapelado de periódicos ("El Comercio" y "La Crónica" con fotografías de Sánchez Cerro y Carole Lombard), Edgardo veía dibujada la forma exacta del bulto, la marca de una solapa, de una manga, pero también el dibujo del tiempo, las semanas y meses vividos sin saberlo, el plazo que faltaba para pasar a la secundaria y aun (si su padre podía con los gastos) a la universidad, todavía ignorante de que el hombre calvo lograría ahorrar doscientos mil soles, toda una fortuna para gentes como ellos. Una noche estaba en La Pampa, sus padres dormían en el otro poyo, no había luz eléctrica ni ventanas, pero el lamparín seguía encendido a media luz; oyó un rasguido en el empapelado e instintivamente retrajo los pies, dando un grito; y cuando la madre alzó la mecha pudo ver la tremenda carrera de la araña negra, la tarántula, el animal que más temía y al que estuvo matando toda la noche después de aplastarlo diez veces con un zapato. "



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