La melancolía de las obras tardías (fragmento)Béla Hamvas

La melancolía de las obras tardías (fragmento)

"A quien más tardé en comprender fue al ruiseñor. Los pájaros sólo se entienden metafísicamente, es decir, más allá del hombre. Desde donde los comprendieron Orfeo y san Francisco. Para entender al ruiseñor es preciso dar un pasito más. Los poemas de Wordsworth, de Shelley o de Keats dedicados al ruiseñor no acaban de responder a la realidad. Quien no conoce la paz no puede comprender al ruiseñor. Por eso, a un joven no le queda más que admirarlo. Sólo cuando se han apagado las pasiones y han pasado por completo los años de las alegrías y los sufrimientos, sólo cuando uno no quiere ya nada ni de sí mismo ni para sí mismo y apoya apaciguado la cabeza en la mano de Dios, sólo cuando en el hombre se despierta la nostalgia por regresar definitivamente al mundo carente del yo, sólo entonces escucha qué canta el ruiseñor y por qué.

Su canto no contiene ni dolor ni sufrimiento, ni fuerza heroica ni risa ni triunfo. Nada de eso. Cuando el hombre ha superado la vida y ya no quiere nada, lo único que lo ocupa es esperar a que lo llamen y rezar. Ese rezo tranquilo, quieto y apaciguado de la espera es el canto del ruiseñor, esa melodía martirial de la espera cristalina de la muerte y del más allá, despedida de la hermosa tierra, del dulce arrobo de la vida, la petición al cielo de que lo deje entrar. Durante mucho tiempo sólo oí la despedida y no me entraba en la cabeza su porqué. Normalmente, el hombre comprende primero lo negativo y no consigue concebir su significado hasta que conoce lo positivo que le corresponde. Sabía que se despedía, sabía también de qué. Me pareció triste y un tanto gratuito. Luego, una tarde de principios de verano, cerca ya del momento en que callaría definitivamente, lo entendí gracias a un único canto. Ese pajarito pide entrar en el más allá. No por un motivo consciente como haría hasta el hombre de corazón más puro. Lo pide como un niño el abrazo de su madre, pero de un modo más simple aún, porque no busca ni protección, ni felicidad, ni alegría, ni tranquilidad. Es tan simple como sólo puede serlo un pájaro cuando canta. No es deseo de muerte, en absoluto. El ruiseñor no sabe lo que es la muerte. A la vida no le sigue la muerte, sino el más allá. ¿Cómo lo sabe? Qué bueno sería conocer a Dios desde la proximidad y la confianza de ese pajarito. "



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