La estación abandonada (fragmento), de Novelario del 900Lautaro García

La estación abandonada (fragmento), de Novelario del 900

"Era una estación, para decirlo en criollo, bien «acampada». Allí, en medio del valle, circundada de viñedos, chacras, trigales y potreros alfalfados, el son de su campana anunciadora de los trenes cuando salían de las estaciones próximas del norte y del sur, era el reloj de los peones que estaban en el campo en los días nublados. En las interminables noches de invierno en que la soledad de la campiña se tornaba angustiosa y el miedo a la oscuridad, heredado a través de los siglos del hombre primitivo, se colaba por las rendijas de los ranchos, los campesinos se sentían acompañados por los pitazos lejanos de los trenes de carga entre el ruido de la lluvia.

En el buen tiempo, hasta el estero que corría cercano cambiaba el timbre de sus aguas. Del acento bronco de los aguaceros pasaba a un murmullo eglógico. Bajo el verdoso toldo de las encinas y las acacias se protegían del sol los carruajes y las cabalgaduras de los dueños de fundos. Mañana y tarde siempre había en el patio de la estación coches «de trompa» tirados por tres o cuatro caballos, -eran los que venían de más lejos-, landós abiertos, retirados del uso de la capital, con sus tapicerías desteñidas y brecks de altos pescantes. Una larga vara, gruesa como para topeaduras, servía de amarradero a los huasos auténticos y a los otros, hijos, parientes y amigos convidados de los dueños de fundo, que se disfrazaban a medias con prendas campesinas para no desentonar del ambiente.

Al frente de la estación propiamente tal, pasadas las vías principales, se encontraba el desvío que llevaba a las bodegas y al embarcadero de animales. Era el recinto de carga. En la época frutal, bajo los frondosos sauces que metían sus desmelenadas ramas en el estero, se acumulaban grandes montones de sandías y melones. La región era «muy nombrada», por el tamaño y la calidad de estas frutas desde los tiempos de la Colonia, según lo expresa Vicuña Mackenna en uno de sus libros de crónica. De este recinto antiguamente amurallado a ladrillo con cal para evitar los robos, hoy día no queda sino el marco del portón de entrada. Es el marco que encuadra el camino sin alma, ni pájaros, ni polvaredas de cabalgatas. "



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