La carta (fragmento)Raúl Guerra Garrido

La carta (fragmento)

"Me fijo con cierto malestar en el tipo del plumífero blaugrana, me parece haberle visto antes. Es una insensatez lo que estoy haciendo, pero necesito justificarme con la necesidad de volver a verla, de contemplar de nuevo el brillo de la seda en la mórbida curva de sus rodillas. La tenue llovizna marítima del crepúsculo es ya una desagradable garúa que me empaña los cristales del 505 con una visión delicuescente, fantasmagórica: la de mi paisaje alrededor y la de los protagonistas que por él se evaden. Estoy en la cuesta, frente al Tiffanys. A mi derecha la oscuridad marina astillada cada pocos segundos por el haz del faro y muy cerca de mí por la baliza roja que marca el exacto punto medio de la bahía. A mi izquierda las sombras de las decrépitas fachadas de los edificios en trance de demolición y de los no menos decrépitos andamiajes de aquellos que se estaban construyendo: sé muy bien la causa por la que se han detenido todas las obras de Miraconcha. Los bajos de guiños multicolores son un bar tras otro cubriendo en su totalidad la cuesta, la costa del culo dice Koldo. Antes de abandonar el Peugeot 505 observo la borrosa figura del joven, se sube el cuello del chaquetón azulgranate y, quizá por sentirse observado, se medio vuelve de cara a la pared. ¿Me estará siguiendo? ¿Dónde le he visto yo antes? Debería regresar a casa, esto es una imprudencia. El coche es el último reducto de la intimidad, el único posible encuentro consigo mismo del ciudadano agobiado por oficios, impresos, pagarés, multas, pólizas y cartas sin remite. El acelerador es el mejor de los consejeros, devalúa las dificultades del pensamiento lógico y potencia los argumentos del instinto; ya sólo puedo reflexionar dando una vuelta en coche, pero es otra la razón que hasta aquí me empuja. Ahora los movimientos del muchacho son inequívocos, se baja la cremallera de la bragueta y mea contra el zócalo de arenisca, eso me tranquiliza. Te mean y dicen que llueve.
[...]
Rechazo la oferta del minorista, es otra la sustancia con la que trato de evadirme de la propuesta de Arizala, pura droga dura. No la he visto a través del ventanal pero no importa, entro en el Tiffanys. Está lleno y el estruendo de la música satura hasta los mínimos huecos por los que a duras penas consiguen deslizarse las camareras. Sin duda alguna soy el más viejo del lugar, la prueba es que me sorprende el póster de la Polla Récords. Quien canta es Anne Fisher. La propuesta era no hacerme el desentendido y aceptar la imprecisa y por lo visto ineludible batalla. Está en la misma mesa, con la misma ropa, se reclina componiendo la misma figura, en la mano la misma pócima de azul venenoso: el tiempo no existe. "



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