Un día en la vida de una mujer sonriente (fragmento)Margaret Drabble

Un día en la vida de una mujer sonriente (fragmento)

"Y ahí acaba la historia. Volverían a encontrarse, a lo largo de los años, en fiestas similares, y él volvería a halagar sus piernas y su aspecto. Nunca mantuvieron una conversación seria. Pero eso no forma parte de esta historia.
La cuestión es: ¿qué pensaba ella de ese episodio? Todo el mundo coincidirá en que no sale demasiado mal parada. Se comportó con frialdad, pero sin mostrarse tajante. Soltó algunas tonterías, pero ¿quién no las suelta en una situación tan tonta? No tenía remordimientos, aunque sí unos cuantos por la chiquilla de dieciséis años que, de algún modo, acababa de perder la oportunidad de su vida. Al crecer se había convertido en alguien del todo distinta a la que se imaginaba. Y sí sentía, por decirlo de algún modo, algunos remordimientos por su imagen de ese hombre. La había echado a perder, tenía que admitirlo. Aunque no para siempre, pues, curiosamente, unos años después, fue al teatro a ver una de sus primeras obras y se sintió recorrida por las mismas oleadas de admiración, que anegaron su resentimiento, como si el antiguo yo del dramaturgo siguiese hablando, y ella escuchando, en un mundo atemporal. Sin embargo, pasó años y años pensando que jamás sería capaz de volver a tomarse en serio su trabajo, y cuando le describió la velada a Dan, habló tan mal de él y de su comportamiento grosero, chauvinista y varonil, que Dan, que por lo general estaba con ella y se indignaba por esas cuestiones, empezó a sentir un poco de pena por Howard Jago, e incluso se puso de su parte. «Pobre señor Jago», decía, con cariño, siempre que salía su nombre a colación. «Pobre señor Jago», decía, tumbado a salvo entre las piernas de Kathie. «¡Qué velada más decepcionante…! Lo siento un poco por él, por su mala suerte al haberte escogido a ti, cariño.»
Pero eso no es todo. Debería ser todo, pero no. Porque Kathie, cuando le contó la historia a Dan, estaba mintiendo. Intentó mentir cuando se la contó a sí misma, pero no tuvo demasiado éxito. Al fin y al cabo, era una mujer honrada, y reconocía que había sentido más emoción cuando Howard Jago la escogió en una fiesta —incluso sabiendo la forma en que lo hizo, con indiferencia, para irritar a otra mujer— de la que habría sentido con cualquier debate, por profundo que fuese, sobre sus respectivas obras. Habría cambiado de buena gana toda la obra del dramaturgo, y todo el placer duradero que le había proporcionado, por ese comentario idiota que él hizo sobre sus piernas. Prefería que la desease, aunque fuera con indiferencia, a que le dirigiese la palabra. Prefería que le gustase su cara antes que sus obras. "



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