En el café de la juventud perdida (fragmento)Patrick Modiano

En el café de la juventud perdida (fragmento)

"A eso de las dos de la mañana, vino mi madre a buscarme. El policía le dijo que no pasaba nada grave. Me seguía mirando con ojos atentos. Vagancia de menor, eso es lo que ponía en su registro. Fuera, estaba esperando el taxi. Cuando me preguntó por el colegio, se me había olvidado decirle que, durante unos meses, había ido a una escuela que me pillaba un poco más lejos, en la misma acera que la comisaría. Me quedaba a comer y mi madre venía a buscarme a media tarde. A veces se retrasaba y yo la esperaba sentada en un banco del terraplén. Allí es donde me había fijado que cada lado de la calle tenía un nombre diferente. Y aquella noche también había venido a buscarme, muy cerca de la escuela, pero a la comisaría. Qué calle tan rara, que tenía dos nombres y parecía querer desempeñar un papel en mi vida...
Mi madre le echaba de vez en cuando una ojeada intranquila al taxímetro. Le dijo al taxista que nos dejara en la esquina de la calle de Caulaincourt y, cuando sacó de la cartera las monedas, caí en la cuenta de que tenía el dinero justo para pagar la carrera. Hicimos a pie el camino que quedaba. Yo andaba más deprisa que ella y la dejaba atrás. Luego me paraba para que me alcanzase. En el puente desde el que se domina el cementerio y se puede ver desde arriba nuestra casa nos paramos un buen rato y me dio la impresión de que estaba recobrando el aliento. «Andas demasiado deprisa», me dijo. Ahora se me ocurre una cosa. A lo mejor estaba intentando llevarla algo más allá de aquella vida suya, tan limitada. Si no se hubiera muerto, creo que habría conseguido que conociera otros horizontes.
Durante los tres o cuatro años siguientes, recorría muchas veces los mismos itinerarios, las mismas calles, pero, sin embargo, cada vez me alejaba más. Al principio, ni siquiera llegaba a la plaza Blanche. Apenas le daba la vuelta a la manzana... Primero fue aquel cine pequeñito que hacía esquina con el bulevar, a pocos metros de mi casa, en donde empezaba la sesión a las diez de la noche. La sala estaba vacía, menos los sábados. Las películas transcurrían en países lejanos, como México y Arizona. No me fijaba en absoluto en el argumento, sólo me interesaban los paisajes. Al salir, se me armaba un lío curioso en la cabeza entre Arizona y el bulevar de Clichy. Los colores de los rótulos fluorescentes y de los anuncios de neón eran iguales que los de la película: naranja, verde, esmeralda, azul noche, amarillo arena, colores demasiado violentos que me daban la sensación de seguir dentro de la película o dentro de un sueño. Un sueño o una pesadilla, dependía. Al principio, una pesadilla, porque tenía miedo y no me atrevía a ir mucho más allá. Y no era por mi madre. Si me hubiera pillado sola en el bulevar, a las doce de la noche, apenas me habría dicho una palabra de reproche. Me habría mandado volver a casa con esa voz tranquila que tenía, como si no la sorprendiera verme en la calle tan a deshora. Creo que si andaba por la otra acera, la que estaba a oscuras, era porque notaba que mi madre ya no podía hacer nada por mí.
La primera vez que me trincaron, fue en el distrito IX, al principio de la calle de Douai, en esa panadería que no cierra de noche. Era ya la una de la mañana. Estaba de pie delante de una de las mesas altas y me estaba comiendo un croissant. A partir de esa hora, siempre te encuentras gente rara en esa panadería; y muchas veces vienen del café de enfrente, Le Sans-Souci. Entraron dos polis de paisano para una comprobación de identidad. Yo iba indocumentada y quisieron saber qué edad tenía. Preferí decirles la verdad. Me hicieron subir al furgón, con un tipo alto y rubio que llevaba una chaqueta de piel vuelta. Parecía conocer a los polis. A lo mejor también él era poli.
En un momento dado, me ofreció un cigarrillo, pero uno de los polis de paisano no le dejó: «Es demasiado joven..., es malo para la salud...» Me parece que lo tuteaban.
En el despacho del comisario, me preguntaron el apellido, el nombre, la fecha de nacimiento y las señas, y lo anotaron todo en un registro. Les expliqué que mi madre trabajaba en Le Moulin-Rouge. "



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