La casa del páramo (fragmento)Elizabeth Gaskell

La casa del páramo (fragmento)

"Es cierto que el señor Buxton, al igual que su hijo, llevaba en su interior el germen de un talante imperioso. Pero no había tenido una vida que hubiera propiciado su eclosión. Dinero de sobra; una mujer muy dulce, que, si lo dominaba, jamás hacía gala de ello ni parecía darse cuenta; el respeto de sus vecinos, gentes sencillas y afectuosas, cuyos padres habían vivido al lado de su padre y de su abuelo en idénticas condiciones, recibiendo la ayuda que de buen grado les prestaban y correspondiendo a ésta con buena voluntad y respetuosa deferencia. Ésas eran las circunstancias que le habían rodeado; y, hasta que su hijo dejó de ser un niño, no abrigó ningún deseo que no estuviera en su mano satisfacer de inmediato. Más tarde, cuando Frank estuvo en el colegio y en la universidad, las cosas siguieron sobre ruedas; sus brillantes calificaciones habrían complacido a un padre mucho más exigente. De hecho, fueron éstas las que dieron alas a su ambición. Recibió cartas de tutores y directores, profetizando que, si Frank quería, podría ostentar «los mayores honores en la Iglesia o en el Estado»; y, a pesar de su imprecisión, el espíritu del señor Buxton pareció impregnarse de aquella idea. Por primera vez en su vida, deseó haber tenido una actividad que le hubiera permitido relacionarse con los grandes y los poderosos. Pero su timidez y su género al no estar acostumbrado a la vida social, le habían hecho oponerse a que Frank invitara ocasionalmente a tal o cual compañero de colegio o de universidad. Ahora lo lamentaba, pues suponía la pérdida de unas amistades que de ese modo podrían haberse fortalecido; y se le ocurrió que el matrimonio sería el mejor modo de remediar aquel error. Erminia tenía razón al decir que su tío había pensado unos instantes en lady Adela Castlemayne; aunque es difícil saber cómo lo adivinó la pequeña bruja, pues el señor Buxton había desechado rápidamente la idea. Era lo bastante sensato para comprender su fatuidad; después de todo, su hijo aún no había destacado en nada. Pero éstas eran sus aspiraciones: si Frank se casaba con Erminia, la unión de sus tierras (pues ella era la heredera de su padre) le permitiría ser representante del condado; y lo mismo ocurriría si se casaba con la hija de algún personaje ilustre de la región. De ese modo no tardaría en conseguir un escaño parlamentario en el que podría desplegar todo su talento. De estas dos fantasías, su preferida (a causa de su hermana) era la del matrimonio con Erminia.
Y, en medio de aquellas elucubraciones, cayó como una bomba la noticia de su compromiso con Maggie Browne, una joven realmente dulce y adorable, pero sin fortuna ni buenas relaciones... y, que supiera el señor Buxton, sin el menor poder, capacidad o espíritu para ayudar a Frank a ocupar una posición preeminente en el país. Decidió considerarlo un capricho infantil, fácil de suprimir; y se rió desdeñosamente de aquellos planes. Observó los labios apretados y la expresión serena y decidida de su hijo, aunque nunca le hubiera tratado con tanto respeto como en aquellos momentos en que le mostraba su firme oposición. Si le hubiera hablado de un modo más virulento, su enojo habría sido menor; pero, tal como se desarrollaron los hechos, fue la conversación más penosa que jamás habían sostenido padre e hijo. "



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