La lámpara (fragmento)Clarice Lispector

La lámpara (fragmento)

"Los edificios se habían cubierto de sombras, de amplias manchas irrevocables, vio al atravesar la calle desierta. Un puro olor de cal, ángulos, cemento y frío nacía de los destrozos donde brillaba el silencio de alguna lasca de piedra. Aspiró con placer la neblina que parecía subir de la construcción húmeda y siguió con un impulso controlado que la llevaría a la cena, pero que podría conducirla hacia adelante… como sin fin dentro del autobús luminoso y bamboleante donde se había instalado con su vestido blanco y las flores resistentes; conservaba los ojos fijos como para sustentar la realidad de aquellos instantes. Con una mano apretaba el sombrero blanco de ala ancha contra su cabeza, el cuello rígido y prudente. Y de repente, de lejos, saltando del autobús y andando sobre los adoquines de piedra pulida y sobre todo manteniendo la realidad por encima de lo que pudiese suceder, levantándose a sí misma como un ramo de flores sobre la multitud, vio a Vicente con Adriano esperándola. Lo vio tan de repente que, con sorpresa y con un movimiento de vida y confusión las flores se unían al olor muerto de las obras, a la vaga tarde perdida, ¿triste o alegre?, al impulso que la había empujado con esperanza hacia la cena, a las construcciones silenciosas… mezclándose con todo aquello a lo que ella decía ¡sí!, ¡sí!, casi irritada y ella estuvo profundamente de acuerdo con aquel momento; sí, ella estaba de acuerdo de un vistazo y con una sagacidad de fuegos artificiales comprendía la luz amarilla y densa que venía de las farolas temblando en finos rayos dentro de la penumbra ruidosa de la noche; sentía detrás de las tiernas luces, atravesándolas, los sonidos dulces y levemente agudos de las ruedas de los carros y de las conversaciones apresuradas, un casi grito elevándose y dando un rápido silencio al murmullo, las losas de la acera brillando como si acabase de llover y sobre todo de lejos, como traída por un amplio viento libre, la percepción emocionante casi dolorosa y muda de que la ciudad se prolongaba más allá de la calle, se unía al resto, era grande, vivía rápidamente, superficialmente. Sin esfuerzo transformaba su andar en algo que significaba alcanzar, las alas del sombrero temblaban, sus senos temblaban, el cuerpo grande avanzaba. Sus ojos serios sonrieron, flotaban delante como si ella supiese que al toque de su cuerpo el aire cedía; se aproximaba profundamente a los dos hombres e inventaba un cuerpo confuso y cínico como solo una mujer podría imaginar, inmoral, nadie podría acusarla, y ella avanzaba, ofrecía su cuerpo a la calle, conocía sus labios, los humedecía seduciendo, los imaginaba rojos como sangre vertida, porque el instante pedía sangre vertida sobre su luminosidad de materia recién nacida. ¿Cómo me atrevo a vivir?, sin embargo esa era la impresión persistente. Y a pesar de que sus labios solo estaban rosados ¿quién?, ¿quién, realmente, se daría cuenta? Ella les daba un pensamiento fuerte como la gloria de un santo y ese pensamiento era de sangre vertida. Y, ¡por Dios y por el Diablo!, el amigo de Vicente parecía comprender. Sí, ella y Adriano se comunicaban; él, pequeño, tranquilo, límpido y desconocido miraba y percibía y apenas sabía, oh, apenas sabía que percibía, no sabía ella que pensaba. Vicente la contemplaba ligeramente sorprendido entre los saludos, desviaba la atención pero volvía con ojos casi severos, porque ¿Qué expresión podría usar para aquel minuto si el minuto era inventado? Y él apenas sabía lo que sentía… él moriría ignorando incluso lo que había sucedido pero quizá sin olvidarlo… no, nada había de pintoresco en el momento, había algo tranquilo y viejo alrededor del instante. Vicente había comprendido por qué se dirigía a ella o no se le dirigía con aquel aire que solo adoptaba en presencia de las mujeres aún no poseídas a las que nunca había podido decir: cierra la puerta antes de salir. Pero nada había sucedido después de todo, solo aquella rápida confusión de sonrisas y saludos, aquel malestar satisfecho nacido de la conciencia de que todo estaba pasando delicadamente, como debía suceder, aquella llegada de Virginia con la cabeza erguida y los ojos copiosos… solo eso, una persona que siente que el vestido y el lápiz de labios están bien, sobre todo existen, una inexplicable actitud de orgullo de la propia feminidad como mujer. "


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