El asombroso viaje de Pomponio Flato (fragmento)Eduardo Mendoza

El asombroso viaje de Pomponio Flato (fragmento)

"Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un país más lejano, leí en él noticia de un arrollo cuyas aguas proporcionan la sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua.
(...)
Caí dormido en cuanto mi cuerpo fatigado se derrumbó sobre el tosco jergón del establo de la arpía, pero repetidas veces durante la noche fui presa de agitación y de nuevas e inquietantes catarsis, la mayoría de las cuales tenían como protagonista a Zara la samaritana, en todo semejante a una diosa, incluido el precio, pues las diosas, al no haberse de preocupar por el sustento, suelen entablar trato con los humanos guiadas únicamente por el corazón, por la concupiscencia o incluso por la piedad, sin reclamar a cambio ningún estipendio. De estos raptos me despertaba súbitamente, ora a causa de mi persistente afección intestinal, ora por bruscos ruidos provenientes de la calle, ora por los empellones de las cabras que, no obstante los malos tratos recibidos aquella misma mañana, mostraban una afición hacia mi persona que hacía aún más doloroso el contraste entre el mundo real y el onírico. Entonces, a la luz de la fría lógica, comprendía lo absurdo de mis anhelos y lo inviable de mis esperanzas.
Me levanté al despuntar la Aurora de espléndido trono con el cuerpo dolorido, el ánimo abatido y la mente embotada. Procurando evitar un encuentro con la arpía, que sin duda me reclamaría, bien el pago del hospedaje, bien un trabajo compensatorio, salí a la calle y me dirigí directamente al Templo con la intención de suplicar a Apio Pulcro que me proporcionara los medios necesarios para abandonar cuanto antes una ciudad en la que sólo podía ocasionar quebrantos y cosechar desengaños y a la que no me ataba ninguna obligación ni afecto, pues no habiendo percibido de Jesús los honorarios establecidos por mi cooperación, nada podía serme reclamado en nombre de la moral ni del derecho. "



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