El ferrocarril subterráneo (fragmento)Colson Whitehead

El ferrocarril subterráneo (fragmento)

"Caesar no sabía por qué quería verlos el jefe de estación. Sam lo había avisado al pasar frente a la taberna y le había dicho: «Esta noche». Cora no había regresado a la estación desde que habían llegado, pero el día de su liberación permanecía tan vivo en su memoria que no le costó encontrar el camino. Los ruidos de los animales en el bosque a oscuras, las ramas que se partían y cantaban, le recordaron la huida y, luego, a Lovey perdiéndose en la noche.
Apretó el paso cuando la luz de las ventanas de casa de Sam se agitó entre las ramas. Sam la abrazó con su entusiasmo habitual, con la camisa empapada y apestando a alcohol. En la anterior visita Cora había estado demasiado distraída para fijarse en el desorden de la casa, los platos sucios, el serrín y los montones de ropa. Para llegar a la cocina tuvo que saltar por encima de una caja de herramientas volcada, con el contenido revuelto por el suelo, clavos abiertos en abanico como en un juego de mesa. Antes de marcharse le recomendaría que contratara a una chica en la Oficina de Colocación.
Caesar ya había llegado y bebía un botellín de cerveza en la mesa de la cocina. Le había traído uno de sus cuencos a Sam y acariciaba el fondo con los dedos como si buscara una fisura imperceptible. Cora casi había olvidado que le gustaba trabajar la madera. Últimamente no le había visto mucho. Caesar se había comprado más ropa elegante en los almacenes para negros, notó Cora complacida, un traje oscuro que le sentaba de maravilla. Alguien le había enseñado a anudarse la corbata, o quizá lo supiera de su época en Virginia, cuando había creído que la anciana blanca lo libertaría y había intentado mejorar su apariencia.
[...]
Era una historia rara. Caleb, el propietario del Drift, era famoso por su carácter avinagrado; Sam era conocido como el camarero que disfrutaba conversando. «Trabajando en el bar terminas por conocer la vida del lugar», le gustaba repetir. Uno de los habituales de Sam era un médico llamado Bertram, una incorporación reciente del hospital. No se mezclaba con el resto de los norteños, prefería el ambiente y la compañía más picante del Drift. Bebía whisky. «Para ahogar sus pecados», dijo Sam.
En una noche típica, Bertram se callaba lo que pensaba hasta la tercera copa, cuando el whisky lo destapaba y peroraba animadamente sobre las ventiscas de Massachusetts, las novatadas de la facultad de medicina o la relativa inteligencia de la zarigüeya de Virginia. El discurso de la noche pasada había derivado hacia la compañía femenina, explicó Sam. El médico visitaba a menudo el establecimiento de la señorita Trumball, que prefería a la Lanchester House, cuyas chicas exhibían en su opinión un carácter taciturno, como importadas de Maine o alguna otra provincia tendente a la melancolía. "



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