Los días de la peste (fragmento)Edmundo Paz Soldán

Los días de la peste (fragmento)

"El corazón no se resistió mucho, disfrutaba complaciéndola. Costó dejar la carne, las primeras semanas soñaba con trancapechos y churrascos, pero con el tiempo llegó el acostumbramiento. Marilia nos consiguió trabajo en el hospital, nuestra vida marchaba por fin a algún lugar. Más recursos, más ahorros. Todo gracias al culto. Lo único desaprobado era la cantidad de horas de Marilia con el Mayor. Desconfiábamos de él y la voz le decía a ella, solo seguimos al dios Mayor, no al santón Mayor. Ella se reía, ¡es lo mismo!, y decía que no fuéramos celosos, el hospital era trabajo y nada más, pero era inevitable. No ayudaban nada las confianzas de él con ella, la sentaba a su lado en las ceremonias y le tocaba las manos y la enlabiaba al inicio y al final del rito. Lo hace con todas, explicaba ella, es lo que pide la liturgia. Busca el borramiento del yo en el grupo, decía, y le respondíamos: pero solo con las que le conviene. Hubo una escena y la voz le rogó que dejara el culto. No solo no hizo caso sino que decidió dar el siguiente paso. Fardarse. Iniciarse en el camino de los santones. A los fardados se les arrancaba el cabello de la cabeza en la ceremonia, desde la misma raíz, como para que no volviera a crecer. Era muy doloroso y la voz le preguntó si estaba segura. Segurísima. Daba pena ella, su pelo largo, negro y brillante como el alquitrán. El día de la ceremonia el Mayor le dijo que si ella no aguantaba no se preocupara, eso solo significaba que todavía no estaba lista para el siguiente paso. Ella le dijo que procediera. Duró cuatro horas. Lloramos, y ella también. Sangre por todo el cuero cabelludo.
El Paco apareció con dos tomates y un pedazo de queso. Te doy una semana para pagarme, dijo. Te estás durmiendo, dijo. Estamos recordando, dijo mi voz.
Cuando Marilia cayó enferma la piel se sintió extrañamente feliz: por un tiempo no tendríamos que compartirla con nadie. No sabíamos lo que nos aguardaba. "



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