La ingenua libertina (fragmento) Colette

La ingenua libertina (fragmento)

"El baroncito Couderc comunica esta decisión con voz clara y sonora, enrojeciendo luego violentamente y se levanta el cuello de pieles. Con el bastón al hombro parece querer conquistar la amplia y triste estepa en la que uno se hunde en humeantes tinieblas, al salir de la cegadora calle Royale. Se le ve sólo un poco de nuca, con cabello muy corto, y una nariz insolente de golfillo distinguido. Se atrevió a repetir, bajo los árboles de la avenida Gabriel, desafiando una espalda friolera de guardia: «¡Me voy a acostar con Minne! Tiene gracia: excepto la inglesa de mi hermanito, la primera de todas, ninguna mujer me ha impresionado tanto. Minne no es una mujer como las demás.
Pensó, al acercarse a la calle Christophe Colomb, en los dulces por arreglar, la tetera eléctrica, sobre todo el instante de desnudarse, que deseaba rápido y fácil, que hubiera querido escamotear. Empezó a incomodarle su juventud. Uno es el baroncito Couderc, a quien las «damas» de «Chez Maxim's» tratan tiernamente de «guapito»; se tiene una nariz que obliga a ser insolente, unos ojos azules, burlones, miopes, una boca desgarrada y fresca, pero no se puede olvidar que no se tiene más que veintidós años.
[...]
Dos años de matrimonio y tres amantes. ¿Amantes? ¿Acaso puede llamarlos así en su recuerdo? A los que junto a ella han saboreado la convulsa y corta dicha, que busca con persistencia ya desanimada, únicamente les ha concedido una ligera indiferencia. Los olvida, los relega en un rincón de su memoria donde se borran sus rasgos, casi sus nombres... Un solo recuerdo neto, del color nuevo de un corte recién hecho: su noche de bodas.
Minne todavía podría dibujar con el dedo, en la pared de su cuarto, la sombra que aquella noche caricaturizaba a Antoine, espalda jorobada por el esfuerzo, cabellos despeinados, con mechones como cuernos, corta barba de sátiro, toda la fantástica imagen de un Pan gozando de una ninfa.
Su marido, ante el grito agudo de Minne herida, replicó con una manifestación idiota de gozoso agradecimiento, con atenciones emocionadas, mimos fraternales... ¡Ya era hora!
Los dientes le castañeteaban, bajito, y no lloraba. Aspiraba, sorprendida, el olor de hombre desnudo. Nada la embriagaba, ni siquiera su dolor; hay quemaduras de tenacillas mucho más insoportables, pero esperaba morir sin creerlo mucho. Su flamante marido, su marido torpe y ardiente, se había dormido. Minne, tímidamente, intentó evadirse de los brazos que todavía la encerraban, pero sus suaves cabellos de seda enredados en los dedos de Antoine la mantenían cautiva. Todo el resto de la noche, la cabeza hacia atrás, estuvo pensando, paciente e inmóvil, en lo que le ocurría, en los medios de arreglar las cosas, en el profundo error de haberse casado con esa especie de hermano. "



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