La casa del nazi (fragmento)Xabier Quiroga

La casa del nazi (fragmento)

"En eso estaba, copa en mano, cuando el grupo en el que me encontraba agotó su repertorio y no se le ocurrió mejor cosa que sacar a la palestra la ficción sobre la zona. Ese camino nos llevó enseguida a la novela que recrea la represión falangista a orillas del Miño y en la que yo, como ya he dicho, tengo un papelito. Fue así como, entre patrañas y exageraciones a punta pala, me vi implicado en la charla, y eso que entre los que llevaban la voz cantante en aquel corro ni por asomo se adivinaba ningún orador competente, más bien todo lo contrario.

En esas estaba cuando, con la oreja atenta a lo que se cotilleaba de mí y la mirada clavada en la nuca de una estilosa mujer, y no solo por el elegante vestido negro sobre el que describía ondas una melena de amazona, sino por la refinada presencia en la que sobresalía, entre los labios de carmín, una ligera sonrisa de inteligencia y decoro, me fijé en que un desconocido giraba sus ojos azules para observar mi reacción cada vez que surgían mis hazañas y la hilaridad —la estupidez humana tiene estas cosas— se extendía entre el grupo. Era él, don Manuel.

Así pues, como si tuviera una premonición de lo que iba a suceder, mientras soportaba el banal relato, me centré en mirar de refilón a aquella mujer y a su acompañante, a quien me parecía haber visto más de una vez en los medios de comunicación pero al que no acababa de identificar.

Lo describiré, con su cabellera canosa y su rostro rasurado, como el eterno seductor maduro y bien conservado. Calzaba sandalias de cuero, vestía vaqueros de marca cortados a la altura de los tobillos, fresca camisa de lino blanco y, cómo no, exhibía un enorme Rolex en la muñeca. Se mostraba interesado no solo en el cañón del río Miño que se divisaba tras los cristales o en el aura de la mujer que estaba a su lado, sino en todo lo que se movía por allí, especialmente en lo que de mí se proclamaba. Y ni siquiera cuando el hijo del bodeguero, emocionado como nunca lo había visto, se presentó con la segunda edición de la novela entre las manos y se atrevió a leer, qué digo leer, recitar varios pasajes de mis quehaceres de ficción, el hombre modificó su actitud escrutadora hacia mí.

Sería más tarde, una vez que por mera ignorancia el tema se agotó y pude perderme por la sala en busca de otros escotes y de algún canapé, cuando ocurrió lo que no tenía visos de casualidad: coincidimos en una ventana que recibía la brisa del río. "



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