Cuentos para los hombres que son todavía niños (fragmento)Teresa Wilms Montt

Cuentos para los hombres que son todavía niños (fragmento)

"Yo, la más soñadora y fantástica de todas, provocaba la risa de mis hermanas con mis salidas románticas, en medio de una vulgar reyerta sobre la propiedad de una fruta o de cualquier baratija de nuestros juguetes. Esto me valió apodo de “loca” que me prodigaban en coro.
Me embelesaba pensando en los lindos cinturones y pulseras que haría de las tornasoladas pieles de lagartija; buscaba en la imaginación dibujos que ejecutaría, a la manera de los indios, con las blancas semillas del Achiray, y, encerrada en el escritorio de mi padre, las manos negras de tinta, no dejaba un papel ni tapa de libro sin una de mis producciones cubistas o futuristas.
El campo tenía para nosotros, además de los árboles, donde trepábamos como urracas, y del lago que el atardecer doraba, la atracción de los cuentos.
Trágicas y deliciosas, aquellas noches que pasábamos a la vera del brasero, en la choza del primer capataz.
Oíamos con devoción las leyendas macabras de ánimas en pena y de aparecidos en los largos caminos obscuros.
Nuestros padres nos enviaban a la cama a las ocho de la noche; nos despedían con un tierno beso, sobre la frente, y el dulce estribillo maternal de “Dios te vuelva una santita”.
Las tres mayores teníamos el dormitorio próximo al de la vieja criada, en cuyas manos estaba depositada todavía la confianza de la casa.
Sabina nos había visto nacer. Treinta años antes, fue ella quien llevó a nuestra madre para que recibiera el agua del bautismo, y eso era su mayor timbre de honor. Las llaves de la despensa, del granero y de la bodega, colgaban de su cinto atadas al cordón de Santa Filomena. Las ostentaba orgullosa, como un soldado sus condecoraciones. Cuando Sabina hablaba regañando, amenazaba tempestad en la cocina, y las sirvientes jóvenes apresuraban sus tareas, tratando de ocultarse ante los ojos investigadores del ama.
Sabina nos inspiraba cariño y admiración. Pensábamos: ¡Qué honrada es! Tiene bajo sus llaves todas las cosas ricas: galletas, caramelos, azúcar, vino, dulce, y no toca nada. ¡Sabina es una heroína digna de figurar al lado de Juana de Arco!
Comparaba la voluntad de Sabina con mi debilidad. ¡Oh, si hubiera yo cargado por un momento con las preciosas llaves de la despensa! ¡Qué soberbios atracones de dulce; qué largos tragos de vino de Misa! Sólo de imaginarlo sentía en la garganta un cosquilleo que me daba ganas de gritar…
Cuando nuestros padres se retiraban a la alcoba, después de leer los periódicos y jugar dos vueltas de brisca, nosotras, “las tres grandes”, como solíamos llamarnos, despreciando a las menores, nos íbamos en puntillas a la pieza de Sabina, y allí, con voz cariñosa y tono suplicante, le pedíamos nos llevase a casa del capataz, para oír un cuento y tomar mate. "



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