Picnic en Hanging Rock (fragmento)Joan Lindsay

Picnic en Hanging Rock (fragmento)

"Avanzaba a medio galope. Lancer se adentró pronto en el suave sendero que se extendía entre los altos árboles del bosque, y los expertos ojos de Albert advirtieron que la húmeda superficie rojiza no presentaba huellas de cascos, a excepción de las que él mismo había dejado la noche anterior, por lo que nadie había vuelto a pasar por allí. En cada nuevo giro del camino se estiraba en la silla, esperando ver cómo la cabeza blanca como la nieve del poni emergía de entre los helechos y trotaba hacia él. En el punto más alto del sendero, donde el bosque comenzaba a ser menos espeso, condujo a Lancer hacia el mismo árbol en que Michael y él se habían detenido la mañana del día anterior. Al otro lado de la llanura se alzaba Hanging Rock, que mostraba los violentos contrastes de color producidos por la luz y las sombras del mediodía. No se entretuvo en apreciar aquel esplendor que ya le resultaba familiar. En cambio, recorrió con la mirada el reluciente vacío de la explanada en busca del mínimo movimiento de algo que fuera blanco. El descenso por un terreno tan cubierto de hierbas secas y resbaladizas, y de un montón de piedras sueltas, iba a ser lento incluso para un animal de pie firme como Lancer. Cuando el caballo por fin llegó a la llanura y sintió que el suelo se mostraba estable bajo sus cuatro patas, comenzó a galopar a la velocidad del rayo. Pero acababan de entrar en la zona en que los troncos de los árboles se tornaban más finos, en los límites del área de picnic, cuando el gran caballo corcoveó con tanta violencia que a punto estuvo de hacer que su jinete perdiera un estribo. Dejó escapar un prolongado y bronco relincho que se desplegó por el claro del bosque como el gemido de las sirenas. Un nuevo relincho, más débil, le respondió, y en ese instante salió de la maleza el caballo blanco de Mike, sin su silla de montar y arrastrando el ronzal por el suelo. Albert se mostró encantado de poder afianzarse de nuevo en su propia silla. A continuación condujo hacia el arroyo a los dos caballos.
Se estaba bien en la charca, a la fresca sombra de las acacias. A simple vista, todo seguía igual. Nada parecía haber cambiado desde que los dos jóvenes se marcharan de allí la noche anterior. Las cenizas continuaban pegadas a las piedras que rodearon el fuego, y el sombrero de Mike, que tenía una pluma de loro en el ala, seguía colgado de la misma rama. Cerca de allí, la preciosa silla inglesa del poni descansaba sobre un tocón. («Podría haberle puesto una bolsa encima», pensó Albert con la preocupación propia de un experto. «Con todas esas cagadas de urraca... ¿Y por qué no se le ocurriría al muy idiota llevarse el sombrero? No está acostumbrado al sol de Australia en febrero...») Por alguna razón indescifrable, las dudas y los temores que había albergado Albert durante las últimas horas estaban dando paso a una notable irritación que podría llegar, incluso, al enojo. "



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