El marino que perdió la gracia del mar (fragmento)Yukio Mishima

El marino que perdió la gracia del mar (fragmento)

"Y el diario de navegación del oficial de guardia, donde se registraba el tiempo, la velocidad del viento, la presión atmosférica, la humedad relativa, la velocidad, las anotaciones de distancias, las revoluciones por minuto... Un diario que registra con precisión los caprichos del mar como compensación a la incapacidad del hombre pata trazar el diagrama de sus propios estados de ánimo.
Y, en el comedor, las muñecas de bailarinas, las cinco portillas, el mapa del mundo sobre la pared; la botella de soja que colgaba del techo atada a una correa de cuero. A veces, lanzas de luz avanzaban hacia la botella y se retiraban, volvían a penetrar punzantes y parecían lamer el líquido bamboleante y oscuro como el té, y de nuevo reculaban. Fijo en la pared de la cocina, podía leerse el menú para el desayuno en letras ostentosas:
Sopa Miso con berenjenas y pasta de judías.
Rábanos blancos estofados.
Cebolla cruda, mostaza, arroz.
El almuerzo era de estilo occidental y empezaba siempre con una sopa.
Y las máquinas, de color verde, sacudiéndose y gimiendo desde el interior de sus tubos retorcidos como víctimas febriles de alguna enfermedad fatal...
Todo esto, dentro de un día, volvería a constituir el mundo de Ryuji.
Se habían detenido frente a la pequeña puerta de la verja del vivero. El hombro de Ryuji rozó la puerta y ésta se abrió hacia dentro.
-Mira, podemos entrar -los ojos de Fusako chispearon como los de un niño.
Con una furtiva mirada a la ventana iluminada de la caseta del guarda, se introdujeron en aquella densa selva obra del hombre. Apenas había sitio para caminar. Se cogieron de la mano y avanzaron a través de una maleza que les llegaba hasta los hombros. Apartaron espinosos tallos de rosa tronchando flores a su paso.
Finalmente, llegaron a un rincón donde había árboles y plantas tropicales, una maraña exuberante de orquídeas, de plataneros, de árboles de caucho y de todo tipo de palmeras.
Viendo a Fusako con su vestido blanco, Ryuji pensó que su primer encuentro debía haber tenido lugar en alguna selva tropical. Deliberadamente precavidos ante las hojas puntiagudas que se alzaban a la altura de los ojos, caminaban muy juntos y abrazados. El aroma del perfume de Fusako se hizo más fuerte que el zumbido bajo de los mosquitos. Ryuji se sintió lleno de zozobra, sin conciencia de lugar ni tiempo.
Afuera, tras la liviana verja metálica, pequeñas luces de neón titilaban como peces dorados. De vez en cuando, los faros delanteros de un coche segaban al pasar las sombras de aquella selva. El rojo destello de un anuncio de neón cruzaba la calle y llegaba hasta el rostro de Fusako, cobijado bajo la sombra de las palmas, poniendo un delicado rubor en sus mejillas blancas y oscureciendo la grana de sus labios. Ryuji la besó. "



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