Nobles y rebeldes (fragmento)Jessica Mitford

Nobles y rebeldes (fragmento)

"La casa de la prima Dorothy era una delicia de tan acogedora y agradable. A diferencia de lo que ocurría en la mayoría de casas de campo inglesas, las habitaciones siempre estaban calentitas. Daba la sensación de que, en las chimeneas, el fuego ardiera sin interrupción durante todo el invierno. Como era una casa sin niños, reinaba una calma y una sensación de pulcritud que a menudo se echaban en falta en los hogares de otras tías y primos. Tenía muchos toques anticuados: naranjas rellenas de clavos de olor en las cómodas, el té de la mañana servido en la habitación y platillos salados —champiñones rellenos o higadillos de pollo envueltos en panceta— al final de la cena. A la prima Dorothy le encantaba tener compañía, y a diferencia de la mayoría de los parientes adultos, era especialmente simpática con los jóvenes.
Fui la primera de los invitados del fin de semana en llegar, pues había cogido un tren temprano para estar allí el viernes por la tarde. Cuando tomábamos el té en el salón, la prima Dorothy me contó quiénes serían los demás invitados.
—Una pareja de americanos, jóvenes y simpáticos —se sabía que «le iban bastante» los yanquis—, y tu primo, Esmond Romilly. Acaba de volver de España, supongo que lo habrás visto en los periódicos.
Durante un instante casi me desmayé de ilusión.
Llevaba años enamorada de Esmond, desde la primera vez que había oído hablar de él. Aunque estaba convencida de que puedes hacer que cualquiera se enamore de ti si te concentras de verdad en ello —mis hermanas mayores me habían dicho que era así, y tenía la sensación de que era cierto—, ahora que estaba a punto de conocerlo no las tenía todas conmigo.
Pensaba con cierto pesimismo en todas las competidoras que encontraría en sus amigas: imaginaba muchachas desamparadas a lo Elizabeth Bergner en el East End, mujeres algo mayores y llenas de glamour en el movimiento izquierdista, y hasta guerrilleras en la retaguardia en España. Todas ellas monas y delgaditas, sin duda.
Invertí mucho más tiempo del habitual en arreglarme para la cena. A la luz rosácea que arrojaban las bonitas lámparas de mi habitación, me dije que no tenía mala pinta. Del piso de abajo me llegaba el bullicio de los otros huéspedes al entrar.
Mi vestido era de lamé malva y me llegaba justo por debajo de la rodilla; era bonito, pero no muy cómodo. Para mi irritación, advertí que desprendía un levísimo olor a hojalata. Cuando salí de mi cálida habitación y pasé al gélido ambiente que reinaba en el rellano y las escaleras, sentía un hormigueo en la piel de puros nervios y sudaba un poquito.
Los otros invitados se habían reunido en torno al fuego, en el salón. "



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