Solal (fragmento)Albert Cohen

Solal (fragmento)

"Y nada más bajar del compartimento, el tío Saltiel se creyó obligado a saludar a la Ciudad Luz con un amplio ademán con el gorro. Acto seguido, fue a encabezar la fila cargada de bultos, cajas y chales. Una multitud que crecía por momentos seguía a la caravana impávida y consciente de su gloria. Comeclavos se detenía a ratos, interpelaba a los mirones que se mofaban y les preguntaba, con incomprendida ironía, si tenían amigos en la diplomacia o si quizá esperaban ganar en breve veinticinco mil francos.
Tras doce horas de marchas y contramarchas, Saltiel condujo a su cuadrilla a un hotel ubicado junto a la estación de donde venían.
Acomodó a su padre en su cuarto y Mattathias encerró a su hija con doble vuelta de llave. Comeclavos dispuso en el vestíbulo a los tres humildes comparsas aterrorizados, sus tres primos, con orden expresa de no moverse de allí «ni aun en caso de incendio, peste, fieras salvajes, naufragio, baratería, inundación, piratería berberisca, granizo, plaga de langosta, cuarentena, acreedores y toda suerte de calamidades o casos de fuerza mayor generalmente cualquier no previsto por el presente decreto». A continuación, los Esforzados salieron por París sin más objeto que saludar las estatuas de los benefactores de la humanidad.
A las siete de la tarde, aquellos cándidos se detenían ante el ministerio de Asuntos exteriores, se descubrían ante la bandera tricolor y se pavoneaban pensando en que al día siguiente serían de la casa. Salió una señora del ministerio. Saltiel se creyó en la obligación de inclinarse donosamente. "



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