Las confesiones de Fray Calabaza (fragmento)José Mauro de Vasconcelos

Las confesiones de Fray Calabaza (fragmento)

"Todos los años perdidos tenían que ser recuperados en el vértigo de unos pocos días. La vida era eso. La vida de ella era eso. Necesitaba huir de su condena y usarse lo más posible, aunque para ello abreviara el tiempo de vida que le estaba reservado.
Las playas maravillosas. Las noches maravillosas. Las aguas del río, maravillosas...
Maravilloso era el sol. Maravilloso el viento que empujaba lejos los enjambres de mosquitos. Maravillosa la puesta de sol que ofrecía cada atardecer, uno más lindo que otro.
Entre las cosas buenas surgían, cada vez menos distantes entre sí, las disputas.
Estaban excesivamente estragados para admitirse y comprenderse completamente. Ambos habían sido corrompidos por la vida, habituados a una exagerada mala crianza que los tornaba parecidos: temperamentos semejantes chocando y entrechocando en la desesperación de la igualdad.
Resultaba irritante aquella manía de encontrar que todo lo norteamericano era mejor y más eficiente…
Quizás aquel viaje fuera demasiado prolongado… Tal vez la soledad de la selva produjera esa fiebre de impaciencia… Acaso las bebidas que Silvia siempre adquiría en los poblados y de las que abusaba un poco durante la noche… Quizá también esa forma de luna de miel abrigada por un amor prisionero, un amor que tenía un límite para todo; un amor simplemente familiar, sin audacia, sin variantes, sin extremos de intimidad, proporcionara paulatinamente una selva aburrida y sin sabor.
[...]
Una semana después, todo el miedo había desaparecido de ella. Hasta admiraba la rapidez con que se adaptó al ambiente. Se había hecho íntima de los trompudos txucarramáes. Aprendía cantos con ellos. Les enseñaba cancioncillas en inglés, lo que no dejaba de ser bastante pintoresco y anacrónico. Se bañaba sin ropas en el río Tuatuari, en medio de las indias, y se divertía bastante. Pero pasados los primeros días de encantamiento y diversión, comenzó a sentir la ausencia de Gum, que salía por la madrugada y regresaba cansadísimo, lleno de garrapatas. Andaba visitando las aldeas y tratando a los indios enfermos.
El Xingu era lindo, pero no tenía la alegría del deslumbrante Araguaia. Y la primera mancha de tedio comenzó a brotar, muy despacito. "



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