Sé que vienen a matarme (fragmento)Alicia Yáñez Cossío

Sé que vienen a matarme (fragmento)

"Manuel Briones desembarca en Guayaquil, baja acompañado de sus secuaces, espera que le reciban como al héroe que ha frustrado la invasión y le den una recompensa por su hazaña, pero las autoridades guayaquileñas le toman prisionero y fusilan.
Flores no cede en su empeño, se instala en la isla Puná y desde allí dirige algunas expediciones más, todas con nefastos resultados. Urbina pretende limpiar el territorio de floreanos y recurre a una endiablada estrategia que desmoraliza a las fuerzas invasoras. Expide un decreto que es acogido con gusto por los mercenarios, por el cual fracasan las ambiciones del caudillo: «Todo individuo que abandone las filas del invasor, recibirá cien pesos en dinero, una caballería de tierra en la provincia que elija, la herramienta de labor necesaria, dos vacas y un toro».
Urbina termina su periodo presidencial con la difícil empresa de abolir la esclavitud; difícil porque el presupuesto del Estado alcanzaba por entonces la suma de un millón doscientos mil pesos, y se vio obligado a indemnizar a los propietarios de negros y de indios con más de cuatrocientos mil pesos. El liberal Urbina ha negociado los intereses de la deuda inglesa y mejorado la educación de un pueblo analfabeto, con el cual es imposible cualquier intento de progreso. Ha facilitado la exportación de cacao y de cascarilla. Hizo pagar impuestos a las clases dominantes, y ha sido en extremo tolerante con sus opositores y, sobre todo, con su tremendo enemigo, al pasar por alto sus continuas conspiraciones y la grosería de sus libelos, empleando como única medida contra él la cárcel y el destierro, sin atentar jamás contra su vida.
Al regresar éste de Europa y llegar a Guayaquil, cansado del destierro, entra de sopetón en la casa de su madre y se detiene asombrado: no espera verla tan cambiada. Ha envejecido en la penumbra y en la espera. Es una anciana que arrastra los pies, camina con la carga de sus fatigas y de las vicisitudes de su hijo, pero conserva la armadura de su indomable energía. Intentan un abrazo, pero por falta de costumbre el abrazo es frío y forzado. También él está viejo, la calvicie y las canas se han adueñado de su cráneo, pero sus ojos brillan como si fueran los de un león que ha despertado con hambre. Intercambian mutuas confidencias. Él le cuenta sus penurias y proyectos, ella permanece callada, pues tiene poco que contar. Sus hijos le han sacado de la pobreza, ya no trabaja como antes y lo único que espera para morir en paz es ver a su hijo preferido instalado en la presidencia de la República. "



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