El rey y la reina (fragmento)Ramón J. Sender

El rey y la reina (fragmento)

"Rómulo se marchó y salió al parque. Fue hacia los parterres de otoño y viéndolos cuajados de capullos verdes, todavía cerrados, se acercaba, los miraba con atención y se decía: «Esas rosas están para abrirse entre hoy y mañana y son todas blancas o amarillas». Le gustaban estas reflexiones después de la escena con el enano. «Como no han abierto aún, nadie las ha visto, y si las corto ahora y las saco de aquí nadie se dará cuenta, aunque son más de ocho docenas». Sacó su cuchillo y las fue cortando dejándoles el tallo muy largo. Cuando terminó fue a los lavaderos, las envolvió en un trozo de tela de harpillera que mojó antes hasta que se empapó bien. Las dejó debajo de un grifo entreabierto del que caían gotas de agua fresca. Todo, el agua, los tallos cortados, los capullos, era de una ligereza conmovedora. Los pétalos, encerrados todavía dentro del cáliz verde, debían tener la pureza de la piel del vientre de la duquesa. «Por cierto que la duquesa habrá perdido ya —pensó— la locura del primer momento y estará acostumbrada a la idea del duque muerto». Sonreía. Se dijo que al día siguiente las flores estarían en su punto, a medio abrir, algunas abiertas del todo, y se las llevaría a la duquesa. Desaparecido el visitante nocturno, quizá se podía ya hablar con ella, cosa que no había intentado realmente hasta entonces. Para que los milicianos no vieran las flores, llevaría por la noche los capullos al ascensor y los dejaría allí en un cubo con agua. Al día siguiente no tendría más que subir. Llenaría con las flores las habitaciones de la duquesa. Tenía derecho a hacerlo —se decía— como tenía derecho también a prohibirle a la duquesa que gritara. Quería pedirle que en lugar de gritar la verdad por la ventana se la dijera a él, a solas. «Después de lo sucedido, después de haber yo entregado al duque, ella representa para mí en un mañana quizá muy cercano, un peligro grave». Aquel peligro le gustaba. Recordaba la última visita a la duquesa. «Cuando entré estaba mirando por la ventana». ¿Qué podía ver por la ventana más que las sombras de la noche? Pero los disparos habían iluminado aquellas sombras del parque. «Yo iba y venía por aquellas sombras y ella lo sabía. Ella pensaba en mí mirando aquellas sombras. Yo pondré flores mañana en aquellas sombras». Oía el agua que caía con un gracioso rumor sobre las flores, como el de las fuentes de su infancia. «Ella quería que el señor duque estuviera a salvo. ¿A salvo? ¿Y quién está a salvo en este mundo? Ella sabía que mi mano lo había empujado hacia el muro donde tiran al blanco los soldados. Y que esta misma mano empujó después su cuerpo, el de ella, contra el mío, y que esta mano está dispuesta a todo para alcanzar que ella la bese un día entre una caricia a sus senos desnudos y otra a su cabello. Ella lo sabe». Rómulo comprobaba que por la chimenea de los hornos no salía ni una vedija de humo. «Dijo que me daría un millón, que me daría lo que quisiera. Lo que quisiera». Por las piedras del muro subía una lagartija. Andaba un poco, se detenía, volvía a andar. Parecía escuchar también los cañones y dudar antes de volver a avanzar. En cuanto a los pájaros habían desaparecido, se habían marchado todos en los primeros días de la batalla de Madrid. «La duquesa me decía que yo tenía armas. Que por qué no las usaba. Quizá por eso no podía tolerar mi presencia. Pero yo sé que ahora ya no sólo me escucha sino que me habla, se abandona delante de mí y quiere gritar la verdad, una verdad que yo conozco porque la verdad de ella no se grita, no se dice. Se ve. En cuanto le pongo los ojos encima yo veo toda su verdad». "


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