El rabino de Bacherach (fragmento)Heinrich Heine

El rabino de Bacherach (fragmento)

"Antes de aquella época, los judíos vivían entre la catedral y la orilla del Meno, es decir, desde el puente hasta Lumpenbrunnen y desde el Mehlwage hasta la iglesia de San Bartolomé. Pero los sacerdotes católicos obtuvieron una bula papal que prohibía a los judíos vivir en las inmediaciones de las iglesias principales y las autoridades les asignaron un lugar en el Wollgraben, donde construyeron el actual barrio judío. Éste estaba guardado con firmes muros y cadenas de hierro en los portones para protegerse del embate de la muchedumbre. Pues también aquí los judíos vivían bajo coacción y miedo, más por el recuerdo de la miserias pasadas que por los días presentes. En el año 1240 el pueblo envilecido causó un gran baño de sangre entre los judíos, la llamada primera matanza judía, y en el año 1349, cuando los flagelantes prendieron fuego a la ciudad a su paso y los judíos denunciaron estos incendios, la mayor parte fue asesinada por la muchedumbre excitada o encontraron la muerte en las llamas de sus propias casas; fue la segunda matanza judía. Más tarde se amenazó a los judíos con matanzas semejantes y cuando en Fráncfort surgían luchas internas, especialmente disputas entre el consejo y los gremios, la plebe cristiana en más de una ocasión se mostró dispuesta a atacar el barrio judío. Éste tenía dos portones que durante las fiestas católicas se cerraban por fuera y durante las fiestas judías por dentro, y delante de cada uno había una garita con soldados municipales.
Cuando el rabino llegó con su esposa al portón de la judería, los soldados estaban tumbados en los catres de la garita, como podía verse a través de la ventana abierta, y fuera, delante de los portones y a pleno sol, estaba sentado el tamborilero improvisando algunos ritmos con su enorme tambor. Se trataba de un personaje torpe y rechoncho; el jubón y los calzones eran de tela de paño de color amarillo fuego, las mangas y perneras abombadas y salpicadas de pequeños caireles rojos que semejaban incontables lenguas humanas lamiendo; el pecho y la espalda estaban protegidos con telas acolchadas negras sobre las que colgaba el tambor; en la cabeza llevaba una vulgar gorra redonda negra; la cara era igualmente redonda y achatada, anaranjada y salpicada de granitos rojos, torcida en una mueca entre la sonrisa y el bostezo. Así estaba el sujeto sentado, tamborileando la melodía de la canción que los flagelantes en otra época habían cantado durante la matanza de los judíos.
[...]
Efectivamente, sonó un ruido de llaves, una de las hojas del portón se abrió chirriando y el rabino y su esposa entraron en la calle absolutamente vacía de la judería. Sin embargo el que abrió el portón, un hombre menudo con rostro bonachón aunque agriado, asentía ensimismado como quien no quiere ser molestado en sus pensamientos y tras cerrar cuidadosamente el portón, sin mediar palabra, se dirigió arrastrando los pies hacia una esquina detrás de la puerta, sin cesar en sus oraciones. Menos ceñudo era Jäkel el Bufón, de figura rolliza, algo patizambo, con un sonriente rostro colorado y una mano carnosa increíblemente grande, que sacó para saludar de la manga holgada de su colorida chaqueta. Tras él se mostraba, o más bien se escondía, una figura larguirucha y flaca, con un cuello fino envuelto en una distinguida gorguera holandesa y la cara afilada y pálida decorada de forma enigmática con una increíblemente larga nariz, que se movía de aquí para allá curiosa y atemorizada. "



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