Las últimas palabras (fragmento)Carme Riera

Las últimas palabras (fragmento)

"Cuanto pasó en Mayerling es terrible, pero quizá lo es más aún la vergonzosa inmoralidad que rodea los hechos. Escandalosas e indecentes las contradictorias versiones dadas por la corte, por los portavoces de palacio y por la policía. Menospreciables y deshonestas también las de los criados de Mayerling, a pesar de que debieron de ser obligados a decir, a desdecirse y a no decir. Aunque, en mi opinión, lo peor de todo es que desde Hofburg, en efecto, nadie hizo nada. Nada que no fuera encaminado a ocultar a toda costa lo que de verdad había sucedido.
Por uno de los comisionados que de palacio habían enviado a Mayerling, supe también que el cuerpo de la pobre María, desnudo, con la sangre del cráneo ya seca, había sido trasladado dentro de un gran cesto, de los que se usan para trajinar leña, y abandonado, sin ningún miramiento, en una buhardilla del pabellón de caza, cerrada a cal y canto, a la espera de que su familia lo recogiera. Dos tíos suyos, ya que era huérfana de padre, se encargaron de vestirla con las ropas que llevaba cuando llegó a Mayerling. La metieron en un carruaje, donde la sentaron atada al respaldo para que pareciera que estaba viva, y desde allí, por unos caminos difíciles malogrados por la nieve, la condujeron hasta la abadía de Heiligenkreuz, en cuyo cementerio, entre tumbas de monjes, fue enterrada.
No me he atrevido hasta ahora a dar mi opinión sobre la muerte del heredero por no contravenir el mandato del Emperador, que exigió echar toda la tierra posible sobre el drama de Mayerling, aludiendo incluso, en conversaciones privadas, a la locura de su hijo, que, en un ataque de enajenación, había optado por el suicidio. Sin embargo, una vez muerto el Emperador, mi silencio cómplice ya no tendrá sentido y me parece un deber devolver el buen nombre al desgraciado Rodolfo.
En Mayerling, adonde fui antes de que el Emperador mandara destruir el pabellón de caza, escenario de la tragedia, los campesinos me contaron que el lugar estaba embrujado desde el día en que Rodolfo cazó una corza blanca sin saber que quien tal hace ha de morir al poco.
La leyenda tiene que ver con aquella otra de la dama vestida de blanco que merodea en torno a los Habsburgo justo antes de sus últimos momentos. Macabra prerrogativa familiar, por muy poética que pueda parecer, del anuncio de la muerte. Algunos criados del Príncipe aseguraron que habían visto a una mujer vestida de blanco vagando por el jardín la madrugada en que murió el heredero. "



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