El centenario (fragmento)Honoré de Balzac

El centenario (fragmento)

"Si Béringheld sentía una pasión tan violenta por la señora de Ravendsi es porque estaba muy persuadido de que su amante la compartía en toda su extensión, y que nada en el mundo, salvo él, podía ocuparla ni afectarla.
El alma de Tulio estaba constituida con tanta fortaleza, que el amor satisfecho, sin temor ni esperanza, feliz de la beatitud del paraíso, duraba, parecía no deber terminar. Y esto a pesar de que amase a la señora de Ravendsi sólo muy débilmente en comparación de lo que hubiera sentido por Marianina si ésta se hubiera hallado ante su mirada en el momento en que concibió el amor y todos sus encantadores misterios.
Llegó el mes de septiembre. Por primera vez después de mucho tiempo, Tulio había ido a pasearse por las montañas al alba, después de haber dejado a la marquesa sola en sus aposentos.
Béringheld volvió al castillo pensando que iba a hallar a su amiga en medio de las delicias de un voluptuoso despertar. Imaginaba de antemano su mano errante e indolente sobre el blanco almohadón que el sueño no habría abandonado aún, y sus ojos, temerosos de la claridad del día, abriéndose y cerrándose alternativamente. Saboreaba previamente la dulzura de esos juegos inocentes que siguen al despertar, y que las bromas, la expresión medio satisfecha, medio enfurruñada de la marquesa hacían tan encantadores. Caminaba ligero, feliz y lleno de amor, meditando lo que haría. Al llegar a la larga galería, y en cuanto entró en ella, oyó las carcajadas y la voz de la marquesa.
Béringheld se imaginó que su madre se había adelantado a él. Se acercó. Los sonidos masculinos de la voz de un hombre repercutieron en la habitación y llegaron a sus oídos.
Entonces aminoró y amortiguó sus pasos, y escuchó un largo discurso pronunciado por un desconocido cuyas expresiones y tono indicaban un hombre de clase elevada. A veces la marquesa reía y parecía retozar. Béringheld creía oír el estremecimiento de los más dulces besos.
[...]
Al decir estas palabras, pronunciadas con acento de profundo dolor, una lágrima rodó por su mejilla ardiente y él cayó en una abrumada apatía.
La marquesa le hizo sentar a su lado y le prodigó conmovedoras caricias. Le habló durante largo tiempo para explicarle, de una manera plausible y con un discurso lleno de ingenio y de consideraciones originales, las máximas que regían la vida de una mujer de mundo. Le reveló la perversidad de las costumbres con tan buena fe, apoyando su conducta en tantos ejemplos, que Béringheld no sabía ya qué pensar.
El cuadro que presentó ante sus ojos era nuevo para él: la virtud pintada como una quimera, el amor como una ilusión, el cambio como una necesidad, la constancia como una ridiculez, y el placer el único guía digno de ser seguido. Nada fue olvidado, y el discurso de la marquesa era una fiel imagen de aquel siglo de corrupción, una bella Catilinaria contra la virtud.
Béringheld reconoció en las palabras de Sofía un acento de convicción que afligió su corazón. Comprendió también que ella le había amado de buena fe, pero tanto como ella podía amar, como una mujer del carácter de la señora de Ravendsi podía amar.
Tulio, reconcentrándose, se confesó que recibía el castigo de haber nacido demasiado tarde, e imaginándose que la señora de Ravendsi hacía una excepción, que el corazón tierno de esa mujer sólo le quería a él, y aunque cayó en una tristeza profunda, un consuelo al menos suavizó su pena: creyó ser el único amado. "



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