Las conversaciones (fragmento)César Aira

Las conversaciones (fragmento)

"¿Cómo justificar el Rolex en la muñeca del pastor de cabras, entonces? ¿Cómo justificarlo, no desde el punto de vista del espectador (desde donde, como yo lo había demostrado, era injustificable), sino desde el creador de la historia? Muy fácil. Se caía de maduro. Había que hacer de él un falso pastor de cabras. Por ejemplo un millonario que renunciaba a sus millones por hartazgo de la civilización y se iba a la montaña a vivir en comunión con la naturaleza, o un espía de la CIA disfrazado para averiguar el trazado secreto del oleoducto Bakú-Kiev, o un fugitivo de la justicia, o un científico estudiando el comportamiento de las cabras... Se abría un gran abanico de posibilidades, que se iría cerrando rápidamente, presionado por las cláusulas inflexibles del realismo.
Ya en el estadio del abanico abierto, dijo, se planteaban algunas restricciones, que empezaban a dar pistas. La distancia entre el Rolex y el pastoreo artesanal de cabras era una. La distancia, más literal, entre los centros de civilización donde pudiera haber gente que usara Rolex y las remotas montañas agrestes, era otra. Ambas coincidían en indicar una cierta “importancia” del asunto. Nadie renunciaba porque sí a los beneficios del confort para irse a sufrir las inclemencias de la vida montaraz. Sobre todo si tenía los medios para pagarse esos beneficios, como era el caso del propietario de un reloj de ricos. Debía haber una motivación de peso. El abanico, ya algo reducido, seguía teniendo un arco amplio. Para seguir cerrándolo, se podía recurrir, y era muy prudente hacerlo, al género al que iba a servir la historia. No era lo mismo una novela seria que un comic, o un cuento surrealista que una película de ninjas. Aquí se trataba de una película de las etiquetadas “acción y suspenso”, con trasfondo político. Una vez que disponíamos de esa determinación, había que revisar el catálogo de las producciones más o menos recientes en el género, y tratar de encontrar algo que no se hubiera hecho ya. Como estábamos en el rubro del cine comercial para el consumo masivo, convenía no excederse en originalidad, que podía desembocar en lo excéntrico y limitar el target. Lo original no debía ir más allá de lo convencional, ¿no?
Para entrar en materia, siguió, ya teníamos al héroe norteamericano, trasladándose a la problemática Crimea superior con una misión secreta. La elección del sitio estaba dictada por distintas consideraciones, y a su vez dictaba otras, con las que, sumadas, la historia ya estaba en marcha.
Desde la desintegración del bloque soviético, Ucrania había venido mostrando gestos de alejamiento respecto de Rusia. El fuerte lobby de la oligarquía del arrabio presionaba por una mayor independencia de las directivas de Moscú, para negociar sus saldos exportables. Putin a su vez presionaba con la amenaza de cortar la provisión energética. La situación interna se complicaba por conflictos étnicos de vieja data. El odio de tártaros y cosacos, mantenido durante siglos en estado latente por la exclusión de los primeros en 1590, había resurgido explosivamente tras la anexión de Crimea en la década de 1960; la península había conservado encapsulada una población tártara que por su contacto, turismo mediante, con las franjas progresistas del yeltsinismo, ahora se denominaba neotártara y denunciaba discriminaciones pasadas y presentes por parte de las influyentes minorías lituana y moldava. El caldero racial ucranio, recalentado por las ínfulas de la aristocracia polaca y por los sinuosos intelectuales rumanos fugitivos de los patíbulos de Ceaucescu propiciaba la emergencia de una nueva clase de políticos oportunistas. "



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