La novena (fragmento)Marcela Serrano

La novena (fragmento)

"Una nube larga de imprecisos contornos, negra y pulposa, avanza desde el poniente con la lentitud de la serpiente que retarda su acción para apreciar más de cerca a su presa, se desenrosca perezosamente cubriendo pedazos de cielo y pompones de nubes blancas, dejando apenas destellos de luz. Como de aluminio esa luz. Es su forma pausada y arrogante de anunciar la lluvia. Luego, con bombos y platillos, se presenta el viento desde la costa, el costero, le dicen en el valle, el encargado de los presagios. El agua empieza a caer. Cada gota que repica sobre el zinc del techo de la mediagua tiene un peso distinto y ocasiona un sonido propio y único, como un concierto de percusión la lluvia sobre la fragilidad del techo. Miguel Flores piensa en el diluvio universal, en Noé con su arca, en las lluvias absurdas, excesivas y delirantes de las que tiene recuerdo. Le castañetean los dientes recostado en su saco de dormir dentro de la cabaña de madera, el agua se desliza despiadada por sus orificios, se pregunta si los cerros resistirán, las cuatro cordilleras, si no acabarán acostadas en el valle hundiendo a todas sus criaturas. Ahogándolas. Le consuela recordar en qué país vive; aguas tan destructivas como esas no caen en la zona central de Chile, son solo los terremotos los que aterran aquí, y —por ahora— el piso no se mueve aunque pareciera desmentirlo este universo que oscila y se desplaza en una total confusión. Igual, con tormenta o sin ella, Miguel Flores debe ir al retén cada día, debe caminar por el barro y firmar el libro de registro, ningún estrépito de la naturaleza lo perdonará si escapa a esa inapelable rutina, a veces un camión que pasa por el camino lo deja en el apartado retén, pero nadie sale porque sí en días como estos y entonces debe ir a pie y en su fuero interno se emberrincha y se indigna y luego se aplaca recordando al personaje de Will Wilson en su lectura de la noche anterior, en cómo este debe caminar desde Manchester hasta Liverpool porque no cuenta con los peniques necesarios para pagar un carro y se pregunta con curiosidad qué calzarían los trabajadores en la época victoriana, cómo lograban trasladarse durante esas prolongadas jornadas sin hacerse tira los pies; compara la distancia de El Pimiento hasta el retén con los kilómetros existentes desde Manchester a Liverpool, ¿con qué derecho puteo yo?, se interpela, temeroso de percibirse blando, débil y complaciente, todo lo que él desprecia. Así, agiliza el paso y decide ignorar el agua que empapa su pelo, su rostro, su ropa, y el barro que se acumula en sus zapatos como chocolate espeso. Cuenta una vez más las animitas que encuentra al lado del camino, piensa en los que han muerto por estos senderos de nadie, cómo fueron a morir entre el polvo y el barro, tan cerca de los árboles frondosos pero siempre atajados por esos cercos de espino (las tierras cultivadas no son para las tumbas), las conoce de memoria, cada animita, aquella cerca de la curva es la más reciente, el deceso de Raúl Carrasco, muerto en un accidente el 9 de agosto con treinta y cuatro años de edad, ¿cómo fue a morir?, ¿lo atropelló un auto?, ¿habrá ido él conduciendo y chocó en la curva?, las flores que adornan el pequeño monolito de cemento blanco son plásticas, imitando rosas amarillas, y entre ellas han instalado una pequeña bandera chilena, una diminuta mancha de sangre entre las rosas y el cemento. "


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