Kaputt (fragmento)Curzio Malaparte

Kaputt (fragmento)

"Después del claro vino del Mosela, con su olor a heno bajo la lluvia (al que el tierno color rosado que asomaba entre las escamas plateadas del salmón daba el sabor del paisaje del lago Inari bajo el sol nocturno), brilló en los vasos el vino tinto de Borgoña, con sus destellos de color sangre. En el centro de la mesa, sobre una gran fuente de plata, un chuletón de cerdo de Carelia difundía por la sala un cálido olor a horno. Después del fulgor transparente del vino de Mosela y del salmón rosado, que evocaba el recuerdo de la corriente de plata del Juutua y de las nubes rosadas en el verde cielo lapón, el vino de Borgoña y el cerdo de Carelia, recién salido del horno y envuelto aún en el olor a ramas de pino, despertaron en nosotros el recuerdo de la tierra.
No hay vino más terrenal que el vino tinto de Borgoña, que a la delicada luz de las velas y el blanco reflejo de la nieve se mostraba del color de la tierra, de ese color púrpura y dorado de las colinas de la Cóte—d'Or a la hora del ocaso. Su aroma era profundo y sabía a hierba y hojas como las noches de verano en Borgoña. Y no hay vino que se corresponda tanto a la llegada del atardecer ni que se avenga tanto con la noche como el de Nuits Saint—Georges, que hasta en su nombre es nocturno, profundo y radiante como una noche de verano en Borgoña. Luce sanguino en los umbrales de la noche, como el fuego del ocaso sobre el borde cristalino del horizonte. Prende chispas rojas y turquesas en la tierra de color púrpura, en la hierba y en las hojas de los árboles, templadas todavía por los sabores y los aromas del día agonizante. Con la caída de la noche, los animales salvajes buscan guarida en las profundidades de la tierra: el jabalí se escabulle entre los matorrales, el faisán de vuelo corto y silencioso nada entre las sombras que flotan ya sobre los bosques y prados, la ágil liebre se desliza por el primer rayo de luna como si fuera un tenso cable de plata. Es ésa la hora del vino de Borgoña. En esa hora, aquella noche de invierno, en aquella sala iluminada por el débil reflejo de la nieve, el olor profundo del Nuits Saint—Georges despertó en nosotros el recuerdo de las noches de verano en Borgoña, de las noches adormecidas sobre la tierra caliente de sol.
De Foxá y yo nos mirábamos sonriendo mientras los colores se nos subían a la cara, nos mirábamos sonriendo como si ese inesperado recuerdo de la tierra nos liberase del triste embrujo de la noche del Norte. Apartados de todo en ese desierto de nieve y hielo, en ese país acuático de cien mil lagos, en esa dulce y severa Finlandia donde el olor del mar penetra hasta lo más hondo de los bosques más remotos de Carelia y Laponia, donde es posible encontrar los destellos del agua hasta en los ojos azules y grises de los hombres y los animales (hasta en los gestos lentos y absortos, semejantes a los gestos de los nadadores, de la gente que camina por las calles incendiadas por el pálido fuego de la nieve o que pasea durante las noches estivas por las avenidas de los parques, levantando la vista hacia ese brillo acuático, verde y celeste, suspendido sobre los tejados en el interminable día sin alba y sin ocaso del blanco verano boreal), el recuerdo inesperado de la tierra nos hizo sentir de pronto terrenales hasta la médula y nos miramos sonriendo como si nos hubiéramos salvado de un naufragio. "



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