Fin de viaje (fragmento)Virginia Woolf

Fin de viaje (fragmento)

"Faltaba una hora para la comida y llevando en una mano a Gibbon y en la otra a Balzac salió al jardín y por el caminito bordeado de olivos se dirigió a la orilla de un riachuelo. En aquella isla, donde los habitantes se amontonaban en la ciudad, era fácil perder pronto de vista todo vestigio de civilización, limitándose a ver en la distancia alguna pequeña granja o algún pastor tendido en el campo, guardando su rebaño. Lo más curioso del riachuelo era su cauce de rocas amarillentas y los ár­boles que lo bordeaban. Helen decía que sólo por verlos valía la pena de haber realizado el viaje. Abril había hecho florecer ya muchos capullos, convirtiéndolos en grandes flores que parecían de cera, y cuyos colores chillones destacaban sobre el verde follaje. Rachel an­daba abstraída, sin reparar en la belleza que la rodeaba. La noche le iba ganando ya terreno al día. En los oídos de Rachel resonaba el murmullo de las piezas que había tocado al piano en la última velada. Se puso a cantar y sus canciones le llevaron más y más lejos cada vez. No veía con claridad dónde se encontraba: los árboles, el paisaje, se convirtieron en masas de color verde y azul, salpicadas de vez en cuando por pedazos de cielo que se ofrecían con todos los matices del poniente. Ante sus ojos comenzaron a desfilar las caras que había vis­to en la noche anterior; escuchaba de nuevo sus frases; dejó de cantar, para repetirlas otra vez, o pronunciar otras que muy bien pudieron haber dicho.
La violencia de estar entre desconocidos, con un lar­go traje de seda, hacía más grato el paseo solitario. Hewet, Hirst, Venning, la señorita Allan, la música, la luz, los árboles de la terraza y el amanecer. En confuso tropel todos estos recuerdos cruzaban por su mente y resultaban, en aquella libertad, más vívidos y atrayentes que la noche anterior. Hubiera seguido andando sin rum­bo, a no interponerse un árbol en su camino.
Era tal su ensimismamiento, que por unos instantes miró el árbol como si fuese el único ejemplar sobre la tierra y acabase de brotar en el preciso instante de ir a pasar ella. Se sentó a su sombra y cogió unas flores que pendían de las ramas bajas. Así, suavemente, como si las acariciara, fue tomando un ramo. Las flores y aun las mismas piedrecillas tenían para Rachel vida propia, y le recordaban sus años infantiles. Ante ella, la cresta de la cordillera se destacaba crudamente sobre el fondo del cielo, produciéndole el efecto de un látigo gigantesco. Vol­vió a los libros y ojeó el de Gibbon, saboreando la deli­cia de las nuevas impresiones. "



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