La bella Guillermina (fragmento)Ernst von Salomon

La bella Guillermina (fragmento)

"Schmits se alzó finalmente, sacó su lápiz de oro, buscó un trozo de papel y, al no encontrarlo, tomó un ejemplar de las Noticias Berlinesas, escribió algunas cifras en el borde del periódico, efectuó unos cálculos con fenomenal velocidad, hizo un gesto con la cabeza satisfecho y aseguró que no había cuidado sobre el buen éxito de cierto proyecto que él se permitía proponer más adelante: cuanto más capital se invirtiera en aquel negocio, tanto más podría sacarse de él.
Se fue luego, dejando a Guillermina firmemente decidida a obedecer la menor indicación de su avispado amigo. Schmits se detuvo un momento en el vestíbulo al ver a Minette sacar ropa de una enorme cesta. La moza estaba inclinada sobre un montón de piezas, de forma que su almidonada falda, inclinada como una campana, dejaba contemplar las hermosas piernas y parte de los muslos. Schmits miró muy complacido aquellos encantos y pellizcó a la juncal moza en la mejilla, obteniendo a cambio un manotón y una alegre carcajada.
Al día siguiente, Guillermina, vestida con un elegante traje de caza y tocada con un sombrero de plumas, subió al coche y conduciendo ella misma se fue directamente a Berlín. La gente se fijó en ella dando muestras de viva curiosidad y cuchicheándose cosas al oído. Se detuvo ante la tienda de Paskel, echó las riendas del caballo a un mozo de cuerda y penetró en el establecimiento.
Quiso la casualidad que en la famosa y cara tienda estuviese presente el obeso Schmits y un grupo de sus más íntimos amigos, la crème de la crème de la floreciente sociedad berlinesa: jóvenes elegantes, hijos de padres acaudalados, tales como Cohën, hijo de un banquero; el comerciante Schickler; el hijo del fabricante de sedas Bernhard, cuyo socio era un digno y anciano señor, Moses, Mendelssohn, célebre por varios escritos filosóficos y por su amistad con Lessing, de cuyo talento poético todo el mundo hablaba con respeto; y también se encontraban entre ellos varios oficiales de los regimientos berlineses: un capitán de húsares, llamado Gualtieri, por ejemplo, y el gallardo Von Schönberg, quien parecía estar en relaciones, no muy claras, con la casa del obeso Schmits.
Éste, completamente asombrado de la aparición de la bella Guillermina, se apresuró con los brazos abiertos a irse hacia «madame Rietz», como dijo, y presentarla a todos aquellos señores a los cuales ella no conocía. Risueña, recibió el saludo de los caballeros, que más que saludo pareció un homenaje, y observó pensativamente la nuca tostada del húsar, el cual estuvo inclinado bastante rato ante ella besándole la mano. Guillermina se quitó luego la chaquetilla de su traje y pidió a la señora Paskel que le probara algunos guantes, algunos de aquellos largos hasta el codo procedentes de París y siempre diferentes en el tono del color, en el material y en el corte.
La viva conversación de aquellos señores se apagó cuando el obeso cupido les llamó la atención sobre los brazos de madame Rietz.
Tales brazos, según expresó el gordo con indudable conocimiento de causa, eran únicos en el mundo. Guillermina, dándose cuenta, los enseñó muy generosamente. Tenía consciencia de cuán bellos eran —el príncipe se lo había dicho en multitud de ocasiones—. Eran maravillosos de forma, blancos como el nácar, dignos de una diosa... El caballero de Seingalt había sido el primero en reconocer su belleza.
Al disponerse personalmente la señora Paskel a entrarle los guantes a la joven, el gordo Schmits protestó y expresó encarecidamente el ruego de que Guillermina accediera a que fuese un caballero el que ejecutara aquel servicio caballeresco. Guillermina aprobó sonriente el ruego, recorriendo con la vista los rostros de sus nuevos adoradores. Le hizo una seña al apuesto capitán de húsares Gualtieri, el cual enrojeció bajo su tez tostada y, al parecer, contentísimo, le puso un guante y luego también el otro, a pesar de las protestas de los que esperaban el turno de aquel servicio. Guillermina introdujo los brazos en los guantes con movimientos semejantes al de las anguilas, y los dejó acomodar y alisar con semblante placentero. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com