La posada de Jamaica (fragmento)Daphne du Maurier

La posada de Jamaica (fragmento)

"Llegaron al camino real y el cochecillo marchó por él al trote del potro, con los dos caballos robados alborotando detrás. Nubes de lluvia flotaban en el espacio amenazantes y bajas, pero ni una gota se desprendía de ellas, y las colinas que se elevaban en el marjal, a distancia, aparecían claras y sin niebla. Mary pensó en Francis Davey, en Altarnun, que quedaba hacia la izquierda, y calculaba qué le diría cuando le contase su historia. Ahora no le aconsejaría que esperase otra vez. Quizá no le agradaría que interrumpiese su Navidad; y se imaginaba la silenciosa vicaría, apacible y quieta, entre los grupos de cabañas que formaban la aldea y la alta torre de la iglesia, como un centinela, sobresaliendo sobre los tejados y las chimeneas.
Había un paraíso de descanso para ella en Altarnun — el nombre sólo parecía un susurro—, y la voz de Francis Davey significaba seguridad y olvido de toda preocupación. Había algo extraño en él, que a la vez era agradable y desconcertante. El cuadro que había pintado, la forma en que había guiado al caballo, la manera de servirla en silencio, y extrañaba, sobre todo, la gris y sombría quietud de su habitación, que no conservaba rastro de su personalidad. Era la sombra de un hombre, y ahora que no estaba con él le parecía que no era material. No tenía la viril agresividad de Jem; no tenía carne ni sangre; no era más que dos ojos blancos y una voz en la oscuridad. El potro se lanzó repentinamente por una brecha del seto, y un fuerte juramento de Jem la sacó de golpe de la abstracción de sus pensamientos.
[...]
Lejos de la «Posada de Jamaica» recobró su juventud y su alegría. Jem, al notarlo, se burlaba.
Ella se reía porque tenía necesidad de ello y porque él la hacía reír; el aire estaba saturado del ruido y animación de la ciudad; era un ambiente excitante y de bienestar; un ambiente de Navidad. Las calles estaban atestadas de gente y los puestos eran alegres. Carruajes, carretas y hasta diligencias se apiñaban en la plaza, empedrada de guijarros. Había color, vida, movimiento. La alegre multitud se empujaba y apretaba ante los puestos del mercado. Los pavos y los gansos arañaban con sus patas las vallas de madera que los encerraban, y una mujer con un abrigo verde llevaba un cesto de manzanas sobre la cabeza y sonreía; las manzanas eran rojas y brillantes, como sus mejillas. La escena era familiar y grata. Helston, en la época de Navidad, había sido, años atrás, lo mismo que esto; pero había más brillantez y un espíritu más libre en Launceston. Esto era más grande y despejado. Devonshire e Inglaterra quedaban al otro lado del río. Granjeros del cercano Condado marchaban al lado de campesinos del este de Cornualles y había tenderos y confiteros y pequeños aprendices que empujaban, entre la muchedumbre, con bandejas de salchichas y pastas calientes. Una señora con sombrero de plumas y una capa de terciopelo azul salió de un coche y penetró en el cálido e iluminado recinto del hospitalario mesón del «Ciervo Blanco», seguida de un caballero embutido en un abrigo gris. Se colocó un monóculo y se contoneaba detrás de ella exactamente igual que un pavo.
Para Mary era un mundo feliz y agradable. La ciudad estaba edificada en la cima de una colina, con un castillo en el centro, igual que en las viejas historias. Había grupos de árboles y campos en declive y el agua brillaba en el fondo del valle. Los marjales estaban lejos, se extendían en la distancia, detrás de la ciudad, y estaban olvidados. Launceston era realidad; estas gentes tenían vida. La Navidad recobraba un sentido en la ciudad y tenía su ambiente entre la alegre multitud que se agolpaba en sus empedradas calles, y detrás de las pesadas nubes grises, el oscuro sol luchaba por salir de su escondrijo a unirse a la fiesta. "



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