Mi recuerdo de Knulp (fragmento)Hermann Hesse

Mi recuerdo de Knulp (fragmento)

"Empezaba a tronar y el viento agitaba las hojas del plátano cuando, ya muy tarde, me decidí por fin a marchar. Di a la muchacha diez pfennigs y, sin prisas, me puse en camino. Cuando eché a andar, me di cuenta de que había bebido demasiado, pues últimamente había perdido la costumbre. Pero ello únicamente me servía de regocijo, porque yo tenía buen aguante y estuve cantando durante todo el trayecto, hasta llegar a nuestro refugio. Subí sin hacer ruido y encontré a Knulp ya dormido. Estaba en mangas de camisa, echado encima de su chaqueta marrón extendida sobre la paja y respiraba acompasadamente. Su frente, su garganta y su mano abierta refulgían pálidamente en la penumbra mate.
Yo me tumbé vestido, pero la excitación y la pesadez de cabeza me impedían conciliar el sueño. Ya empezaba a clarear cuando por fin me sumí profundamente en una densa modorra. Era un sueño inerte, pero no reparador. Yo estaba insensible, embotado, y tenía confusas pesadillas.
Al día siguiente, me desperté tarde y la luz me hirió en los ojos. Tenía la cabeza hueca y dolorida y las piernas pesadas. Bostecé largamente, me froté los ojos y extendí los brazos hasta hacer crujir las articulaciones. Pero, a pesar del cansancio, conservaba todavía un resto, como un eco, de la alegría de la víspera y estaba seguro de poder librarme de mi pequeño malestar en la primera fuente de agua clara.
Pero no fue así. Al mirar en derredor, no vi a Knulp. Sin inquietud alguna al principio, le llamé a voces y silbidos. Pero, al ver que mis llamadas, silbidos y búsquedas resultaban vanos, comprendí de pronto que se había marchado. Sí; se había ido sigilosamente. Ya no quería seguir a mi lado. Quizá le había disgustado mi forma de beber de la víspera; quizá hoy le pesaba su desenfado del día anterior; quizás era un golpe de genio; quizás no le agradaba mi compañía o quizá de pronto, sintió la necesidad de estar solo. Pero, en lo que fuere, tenía que haber influido mi forma de beber.
Me abandonó la alegría y sentí vergüenza y tristeza. ¿Dónde estaba mi amigo? A pesar de lo que decía él, yo creía comprender un poco su alma, estar compenetrado con él. Knulp se había ido dejándome solo y desengañado, y yo comprendía que mía era toda la culpa. Ahora conocería la soledad en la que, según Knulp, todos teníamos que vivir, y en la que yo no había querido creer. Era amarga la soledad, y no sólo me lo pareció aquel primer día. Después ha habido épocas en las que se ha mitigado, pero del todo no me ha abandonado nunca más. "



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