Sólo cenizas hallarás (bolero) (fragmento)Pedro Vergés

Sólo cenizas hallarás (bolero) (fragmento)

"La clave del enigma se encontraba en las cartas de Carmelo, que Yolanda había estado recibiendo puntualmente desde que regresó al país. En eso y en las que ella misma, tonta, retonta, requetesupertonta, le mandara en respuesta de las primeras, cuando, a juzgar por otra que le escribió una amiga de ambos, parecía que Carmelo se hallaba al borde del suicidio o, en su defecto, al borde de la desesperación y la locura, entregado a la bebida y sumido en una crisis de esas que se estilan en la urbe de los rascacielos. Yolanda no se explicaba cómo pudo caer en la estúpida trampa de dejar documentos escritos acerca de sus pasadas relaciones, pero en aquel momento las cartas de Carmelo, sus propuestas de matrimonio, sus declaraciones amorosas, lo mucho que, según él, había sufrido después de su partida, despertaron en ella un sentimiento de culpabilidad y compasión tan grande que no pudo evitar acudir en su ayuda dándole ánimos y diciéndole (pues no pasó de ahí) que lo de ellos podía y debía quedar en amistad y que un hombre como él no tendría dificultad alguna en encontrar una muchacha joven, amable y cariñosa que le correspondiera.
Sus respuestas nunca abandonaron ese tono ni fomentaron futuras esperanzas, a pesar de lo cual ella sentía en su pecho una profunda y cada vez más desesperante preocupación. ¿Por qué? Pues porque al rayar con lápiz negro el trozo de cartón que le sirvió de apoyo para escribir las fatales misivas y al descifrar, después, las palabras que así se dibujaban, había logrado recordar algunos trozos francamente comprometedores. Frases como: “Lamento mucho que el olor de mi cuerpo desnudo te haya dejado una impresión tan imborrable como dices…”, o aquella otra: “…quisiera eliminar de mi memoria las cosas que hicimos allá en mi apartamento y te aseguro…”, le laceraba! el espíritu, llenándola de miedo y de desasosiego. Sobre todo de miedo, ya que, si bien las cartas enviadas no pasaban de cuatro (las recibidas alcanzaban el número de nueve) y de que incluso antes de conocer a Wilson ella ya había dejado de escribirle, lo cierto era que luego había llegado a comprender que se trataba de pruebas perfectamente utilizables en su contra, pruebas que Wilson podría conocer algún día, y eso no la dejaba ni dormir, ni soñar, ni ser feliz, ni nada. "



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