El viaje de Mina (fragmento)Michael Ondaatje

El viaje de Mina (fragmento)

"Invernio forcejeó para situarse encima del animal y le gruñó al oído. Luego empezó a besar al perro, que respondió como una mujer enamorada pero que no quiere que la besen. Rodaron entrelazados varias veces. Sólo tardamos un segundo en reconocer el afecto mutuo. Estaba claro que se adoraban. Se enseñaron mutuamente los dientes. Rieron y ladraron. Invernio le sopló al perro en la nariz. Todos los perros en las jaulas habían dejado de ladrar, mirando envidiosos cómo aquellos dos se enzarzaban entre el polvo.

Los paseos nocturnos del preso se reanudaron. No lo habíamos visto desde la noche antes de atracar en Adén hasta que dejamos la ciudad. Debió de haber alguna razón para no sacarlo de la celda. Ahora, mientras nos dirigíamos hacia el norte por el Mar Rojo, vimos que le habían añadido una cadena más, que unía el collar metálico del cuello a una abrazadera atornillada a la cubierta a unos doce metros de distancia. Lo vimos caminar arriba y abajo arrastrando los pies. En paseos anteriores se había movido con gran agilidad, pero ahora parecía dubitativo y cauto. Quizás sentía la presencia de un mundo diferente, porque se distinguían las orillas del desierto a ambos lados del buque: Arabia a nuestra derecha y Egipto a la izquierda.
Emily me había susurrado que el apellido del preso era Niemeyer, o algo parecido. Sonaba demasiado europeo, porque era claramente asiático. Parecía una mezcla de ceilandés y de alguna otra cosa. Le oímos cuando hablaba con uno de sus guardianes. Su voz era grave, tranquila, y las frases le salían despacio de la boca. A Ramadhin le pareció una voz capaz de hipnotizarte si te quedabas a solas en una habitación con él. Mi amigo imaginaba toda clase de peligros. "



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