Leyendas del Antiguo Oriente (fragmento)Juan Valera

Leyendas del Antiguo Oriente (fragmento)

"A pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la tierra y dorando el ambiente, y algunas aves como mirlos y alondras, que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste a aquel lugar solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban a bandadas y volaban hacia el desierto, parecían anunciar con sus siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí a nuestros caminantes.
Los dos perros que el rey Tihur había traído empezaron a ladrar como sobresaltados y a correr husmeando entre los juncos y retamas.
El rey, en vez de subir en el carro, había montado a caballo, pues a caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. Llevaba el rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta o cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caídas a los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una túnica que llegaba a mitad del muslo, toda de piel de cabra o de estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de acicaladas flechas de largos y flexibles juncos y el arco poderoso, que pocos hombres de entonces y mucho menos de ahora tendrían fuerza para manejar, iban pendientes a la espalda. Las grevas eran asimismo de estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, por encima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de sarabaras. "



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