El vino de la soledad (fragmento)Irene Nemirovsky

El vino de la soledad (fragmento)

"El día fue pasando, y Elena se vio sola en la habitación vacía, donde seguían todos los objetos personales de la difunta, la vieja fotografía en que aparecía entre sus hermanas, con veinte años, sus finos cabellos como humo enmarcándole el rostro, la cinta de terciopelo al cuello, la delgada cintura ceñida por un cinturón con hebilla... La miró largo rato. Sin llorar. Le parecía que las lágrimas se le acumulaban en el corazón, duro y pesado como una piedra.
La partida estaba fijada para dos días después. Se iban a Finlandia. Karol las acompañaría y luego volvería, a fin de recoger los lingotes de oro que un amigo le guardaba en Moscú. Max viajaría con Bella y Elena. Su madre y sus hermanas habían huido y estaban en el Cáucaso, pero él no había querido reunirse con ellas. Karol hacía la vista gorda. Elena oía a sus padres contando y cosiéndose a la ropa las joyas de Bella en la habitación de al lado. Le llegaban sus cuchicheos ahogados y el tintineo del dinero, y pensaba: «Si lo hubiera sabido, si hubiera comprendido que la pobre estaba enloqueciendo... Si se lo hubiera dicho a los mayores... la habrían cuidado, se habría curado, aún viviría...»
Pero al instante negaba con la cabeza con una risita seca y amarga. ¿Quién habría tenido tiempo para ocuparse de eso, Dios mío? ¿Qué importaba la salud, la vida de un ser humano, en momentos como aquéllos? ¿Qué más daba que Fulano muriera o Mengano viviera? Por las calles de la ciudad se veía a la gente llevar al cementerio los cadáveres de niños en sacos cosidos, pues eran demasiados y no había dinero para comprar ataúdes. En su recuerdo, Elena se veía unos días antes, entre lección y lección: una niña con delantal, grandes bucles alrededor del cuello y los dedos manchados de tinta, pegada a la ventana, presenciando la ejecución de un hombre con curiosidad, sin pestañear ni llorar y sin más signo visible de emoción que la lividez de los labios. Cinco soldados en fila; ante el paredón, de pie, un hombre ya herido, con la cabeza vendada, ensangrentada, vacilante como la de un borracho. Se había derrumbado y se lo habían llevado, como otro día se habían llevado en una camilla a una mujer desconocida, muerta, envuelta en su negro chal, o al perro famélico que había ido a morir bajo aquella misma ventana, con el escuálido costado abierto y sangrante. Y ella se había dejado caer de nuevo en el pupitre y, a la pálida llama de la vela, había seguido balbuceando. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com