El azar de la mujer rubia (fragmento)Manuel Vicent

El azar de la mujer rubia (fragmento)

"Al regresar de Costa de Marfil, donde pasó tres años en el poblado de Daloa como cooperante de unas monjas francesas, la mujer rubia quiso enfrentarse de una vez con uno de los fantasmas que la visitaban todas las noches en el sueño. Tenía que hablar cara a cara con Serrano Suñer, dejar de llamarle tío Ramón y atreverse a llamarle padre y saber si él la aceptaba como hija. Cruzó unas palabras formales por teléfono, para concertar una cita en su casa o en cualquier otro lugar. Fue en su casa una tarde en que, según le dijo, estaría solo, sin la mujer ni los hijos. Carmen llegó puntual. Llamó al timbre. Una vez, dos veces, tres veces, sin respuesta. Pensó que el vacío le esperaba de nuevo. Después de cinco minutos oyó unos pasos; a continuación, muy elegante, sin perder todavía su apostura de dandi impecable con fular, él mismo abrió la puerta, le dio un beso y, ante su sorpresa, en lugar de llevarla al salón y ofrecerle un café o algo así, la hizo pasar a un despacho forrado de libros y se atrincheró detrás de su mesa de trabajo y le señaló un sillón alto que había frente a él para que se sentara, como si fuera una clienta que iba a consultarle un problema jurídico. Antes de pronunciar la primera palabra, mientras removía unos papeles para poner cierto orden en una carpeta o para dominar su evidente nerviosismo, puesto que no sabía cuáles eran las intenciones ni las salidas de carácter de la chica, ella tuvo tiempo de contemplar algunas fotografías que adornaban los anaqueles de su biblioteca. Todas eran recuerdos familiares, no había ninguna en que se le viera como gerifalte del franquismo, peinado hacia atrás con brillantina, la chaqueta blanca con el yugo y las flechas en la solapa y la camisa negra que le sentaba igual o mejor que al conde Ciano, el ministro y yerno de Mussolini. En una foto aparecía con su mujer Zita Polo y los hijos, entre ellos el novio de Carmen, todavía niños con sus gorritos blancos en la playa de Benicasim, donde pasaban las vacaciones en la mansión de El Palasiet, encima del hotel Voramar, muy cerca de la Villa Elisa, de su amigo Joaquín Bau. Aunque había nacido en Cartagena, Serrano Suñer, de muy joven, estaba vinculado a Castellón, donde su padre era ingeniero del puerto. De esa raíz le venía a la mujer rubia su amor al Mediterráneo, tal vez. Le gustaba el mar para nadar, no para bañarse. "


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