El pequeño salvaje (fragmento)TC Boyle

El pequeño salvaje (fragmento)

"Lo primero que hizo Itard fue ordenar que la esposa del conserje, Madame Guérin, se hiciera cargo de las necesidades del niño a fin de proporcionarle un poco de cuidado maternal y femenino. De ahí en adelante el chico tomaría sus comidas en las habitaciones de la señora, junto a Monsieur Guérin, cuya actitud, creía Itard, ablandaría con el tiempo el carácter del niño. Madame Guérin tenía poco más de cuarenta años. Era una mujer rechoncha y nada quejumbrosa, descendiente de campesinos, y que ahora, como todos los miembros de la República, era una ciudadana. Tenía el pecho y las caderas muy anchas, y llevaba su abundante y ya canoso pelo atado en un moño sobre la coronilla. Sus tres hijas vivían con su hermana en una cabaña en Chaillot, y ella las visitaba cuando podía.
Por su parte, Itard, soltero, consagrado exclusivamente a su trabajo con los sordomudos y ansioso por demostrar sus capacidades, percibió algo en el niño que los demás no atinaron a ver. En las elevadas ramas del olmo, con la ciudad extendiéndose a sus pies y las trayectorias de los pájaros entreverándose sobre los tejados, Itard extendió su mano contra el viento, murmurando suaves y persuasivas palabras, hasta que el niño la tomó. En ningún momento intentó tirar del niño ni aplicar fuerza o presión alguna. Era demasiado peligroso. Cualquier movimiento brusco podría ocasionar una caída. Simplemente lo agarró de la mano, comunicándole su calor de la manera más elemental que supo. Pasó un rato hasta que lo miró a los ojos y entonces Itard pudo ver un mundo entero allí encerrado, marginado quizás, pero un mundo, sin duda. Vio inteligencia y vio necesidad. Más aún: vio una especie de acuerdo tácito, una confianza que floreció automáticamente en la medida en que ambos sabían que nadie, ni siquiera los más ágiles de entre los sordomudos, habría seguido al Salvaje hasta el árbol. Cuando finalmente le soltó la mano y le hizo señas para que bajaran al suelo, el niño pareció comprender y lo siguió por el tronco, sincronizando con él cada movimiento de las manos y los pies. Al llegar a tierra, Itard volvió a ofrecerle la mano, y el niño se aferró a ella para ser conducido nuevamente al interior del gran edificio de piedra y, por las escaleras, hasta su cuarto, donde Itard encendió la chimenea. Ambos se arrodillaron sobre las toscas tablas del suelo durante largo rato, calentándose las manos mientras el viento azotaba la ventana y la noche caía sobre la ciudad como un hacha.
Sicard autorizó a Itard para trabajar con el niño. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si el neófito fracasaba en sus intentos de civilizar al Salvaje, si no conseguía enseñarle a hablar ni a comportarse en sociedad —y Sicard estaba seguro de que así sería— a él le traía sin cuidado. De hecho, para él significaba un alivio, pues así se libraría de la responsabilidad y si, por virtud de algún milagro, el salvaje adquiría el don del habla, aquello luciría muy bien en el conjunto de su empresa. Sicard pudo vislumbrar fugazmente al niño vestido con un traje, de pie junto a Massieu en un auditorio donde reflexionaría sobre su vida pasada, hablando de los tubérculos crudos como la nourriture des animaux et des Belges, o algo por el estilo. Pero no, algo así no ocurriría nunca. Lo mejor sería hacer recaer la culpa en otra persona. Aun así, obtuvo del gobierno un estipendio anual de quinientos francos para el cuidado y la educación del niño, y para el experimento único que solo Itard estaba en condiciones de llevar a cabo, a fin de poner a prueba las tesis propuestas por Locke y Condillac: esto es, ¿nacía el hombre como una tábula rasa, inculto y sin ideas, listo para que la sociedad escribiera en él sus normas, susceptible de ser educado, mejorable? ¿O, por el contrario, era la sociedad una influencia corruptora, como suponía Rousseau, antes bien que la base fundamental de todas las cosas, buenas y malas? Durante los siguientes cinco años, Itard se entregó por completo, los siete días de la semana, a intentar hallar la respuesta. "



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