Retrato de un hombre inmaduro (fragmento)Luis Landero

Retrato de un hombre inmaduro (fragmento)

"Estaba pensando que quizá ésta sea la última vez que oigo llover. Cuando llueve me gusta salir al balcón, si estoy en casa, y a la puerta cuando estoy en la tienda. ¡Ah!, ¿que no le he contado aún a qué me dedico? Soy comerciante, tendero. Tengo una papelería, con algo también de librería, y revistas, y me agrada mi oficio. Es independiente, apacible, y no me ocupa mucho tiempo. Quiero decir que, entre cliente y cliente, tengo muchos ratos libres para leer, para hacer crucigramas, para estudiar partidas magistrales de ajedrez, para pensar o fantasear, para ver y oír llover, para curiosear en internet o para no hacer nada.
Y es una ocupación que no me obliga a hablar demasiado. Porque yo amo el silencio, no se ría, no se deje malmeter por las apariencias. Jamás he hablado tanto como hoy. Quizá de joven sí, alguna vez, pero luego fui enemistándome con las palabras, desconfiando de ellas, de ese poder que tienen para envenenar y corromper el alma y enturbiar la mirada. ¿Me permite de nuevo un pequeño discurso? No existe, no puede existir el mirar puro, porque enseguida las palabras se meten por medio y se convierten en protagonistas. Pero, por otro lado, ¡pobres palabras! Palabras que uno creía fieles y seguras, de pronto las ves lucir en la boca o en la pluma de gente inicua, y entonces sientes una mezcla de piedad y de rencor por ellas. Y luego están los que trafican con las palabras, los que las violentan, las esclavizan, las falsean, las deforman, las mutilan, o con dos hacen una, o juegan promiscuamente con varias, dándoles trato público de putas callejeras. Es como el niño que, embobado por el funcionamiento del juguete, lo destripa y ya no quiere jugar más. Como el general que en pleno campo de batalla sufre un delirio repentino que lo lleva a hacer un número de majorette con su bastón de mando. Como los bomberos que, olvidándose del incendio, pasan a disputarse entre sí la manguera. O como esas nobles casas solariegas en que los hijos laboran pacíficamente los campos, hasta que luego, muerto o asesinado el padre y descuidadas e infecundas las tierras, los herederos se disputan los aperos y, haciendo las partijas y tomando cada cual lo que puede, se independizan y fundan casa propia. No, mejor el silencio. Cualquier cosa menos esa trifulca de perros repartiéndose a dentelladas la carnaza del diccionario. Sí, hay días en que me repugna el lenguaje, los que hablan, los que oyen, los que rezan, los que blasfeman, los que callan, todos, todos por igual. "



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