Lola (fragmento)Maria de la Pau Janer

Lola (fragmento)

"Guardó el retrato en el fondo de su bolsillo y regresó a casa. No le hizo más preguntas y Miquel, dolido por el arranque de sinceridad, la vio irse sin moverse de donde estaba, con el cuerpo todavía doblado y encogido. Al día siguiente, Agueda mostró la fotografía a la abuela. No fue necesaria ninguna explicación. En el fondo las dos deseaban hablar de ello pero no sabían cómo. Agueda tenía once años y había pasado la noche en blanco, llena de dudas. La abuela llevaba demasiado tiempo en silencio. Sentadas en el sofá de la sala, cerca de la ventana que daba al jardín, contemplaron el retrato. Las marcas de las diez medias lunas habían oscurecido los contornos con un rastro de hormigas.
Desde aquel día, los álbumes pasaron a formar parte de su patrimonio particular. La abuela le enseñó el camino al desván. Allí la esperaban, entre baúles enormes y trastos viejos. ¡Había tantas cosas! La luz entraba transformada a través de las ventanas de ojo de buey e iluminaba el polvillo del aire. En el suelo, cajas acumulándose con cierto desorden que nadie se preocupaba de enmendar. Asomaban papeles escritos con caligrafías distintas, letras apretujadas o volátiles, hojas verdes con los bordes roídos por los ratones. Había ropas cubiertas de polvo y zapatos de punta fina, muñecas de trapo sin ojos y llaves que hacía mucho tiempo que debían de haber perdido su cerradura. Por último, los álbumes: fotografías de su madre cuando era un bebé en brazos de una abuela rejuvenecida, o siendo todavía una niña, al lado de la tía Agnès. Veía una adolescente hecha de caña e hilo sonreír desde las páginas que iba pasando. Espiaba sus gestos inmovilizados: una sonrisa que aparecía creciente o menguante, como si copiara a la luna; sus manos quietas. Observaba los últimos retratos, donde aparecían los tres; las dos hermanas y un hombre con un pulcro vestido.
Pasaba muchas horas en el desván, en aquel rincón entre el tejado y la casa donde descubría historias. Iba allí cada noche mientras los primos jugaban a ser marineros entre las olas verdes del jardín. Un día el abuelo murió, y la abuela ya nunca fue la misma. Caminaba cojeando y, cuando subía la escalera, tenía que pararse porque se quedaba sin aliento. Los cristales de sus gafas eran cada vez más gruesos, hasta parecer culo de vaso, y tenía la voz entrecortada. Se aficionó a ir al desván con ella y se empeñaba en subir los peldaños, aunque a la tía Agnès no le hacía ninguna gracia. Utilizaba un bastón con el puño de marfil que levantaba al aire cuando hablaba de los días pasados. "



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