La suerte de Jim (fragmento)Kingsley Amis

La suerte de Jim (fragmento)

"Tras decidir que, en cualquier caso, había que afrontar el riesgo de que alguien entrase en la sala de música, Dixon avanzó a tientas en la oscuridad hasta topar con una butaca, se recostó en ella, cerró los ojos y oyó con satisfacción el sonido del coche de Welch, que arrancó y se alejó. Poco después, se sintió como si fuera a caer de espaldas, y la boca de su estómago pareció hincharse como si se dispusiera a cerrarse sobre su cabeza. Abrió los ojos de nuevo y puso su cara de máscara trágica: sí, después de todo, no había sido buena idea tomar aquella última cerveza. Se levantó y comenzó un ejercicio de saltos y levantamiento de brazos que había aprendido en las fuerzas aéreas. Quinientos saltos y levantamientos de brazos le habían ayudado a despejarse otras veces. Después de ciento ochenta, le pareció que era preferible una cabeza embotada antes que más saltitos. Era hora de moverse.
A mitad del recibidor oyó la risa de Bertrand, aunque bastante amortiguada por una puerta interpuesta. El suelo crujió a su paso mientras subía las escaleras y cruzaba el descansillo. Por algún capricho arquitectónico, a su habitación sólo podía accederse a través de un gran cuarto de baño, cuya puerta exterior intentaba abrir ahora. Nada sucedió. El baño estaba evidentemente ocupado; quizá Johns hubiese decidido bloquear la habitación reservada a quien había mancillado su revista. Dixon retrocedió un tanto, con las piernas muy separadas, y alzó las manos como un director de orquesta a punto de iniciar alguna atronadora obertura o poema sinfónico; y luego, medio director, medio boxeador, se entregó a una breve sucesión enloquecida de gestos obscenos. Justo entonces alguien abrió una puerta al otro lado del descansillo. No hubo tiempo de hacer otra cosa que adoptar la actitud de quien espera a la puerta del baño, estratagema hasta cierto punto viciada por la gabardina que todavía llevaba puesta. "



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