Cambios (fragmento) Mo Yan

Cambios (fragmento)

"Era la segunda vez en mi vida que tomaba el tren. La primera había sido cuando tenía dieciocho años. Era primavera y acompañé a mi hermano mayor y a mi sobrino hasta Qingdao, donde tenían que tomar un barco para regresar a Shanghai. En aquella época, viajar en tren era un acontecimiento solemne y, cuando volví de Qingdao, estuve presumiendo mucho tiempo. La segunda vez estaba igual de agitado. El tren iba abarrotado, y en el vagón el ambiente estaba saturado de olor a orina. Dos hombres se peleaban por el lavabo; a uno le sangraba la nariz y al otro la oreja. A mí entonces eso no me parecía tercermundista. Los ciento y pico kilómetros que separaban Weifang de Gaomi los hicimos en más de tres horas de traqueteo, mientras que, en 2008, el tren de alta velocidad CRH recorría los cerca de ochocientos kilómetros que mediaban entre Pekín y Gaomi en poco más de cinco horas.
Cuando llegué a la estación de Gaomi estaba amaneciendo; el sol rojo iniciaba su ascenso arrebolando el cielo. Nada más pasar el control de billetes, delante de la estación, oí por primera vez en mucho tiempo una melodía de ópera maoqiang de Shandong, procedente del puesto de un vendedor de churros y leche de soja. Se trataba de una famosa aria cantada por el personaje de la anciana en La túnica de gasa, un canto lento, vibrante, triste y desgarrador. La emoción me llenó los ojos de lágrimas. (Hace poco lo conté en televisión, en un programa del canal de ópera dedicado al maoqiang). Compré media libra de churros y un tazón de leche de soja, y me quedé allí comiendo y escuchando. Había multitud de puestos de comida a ambos lados de la plaza de la estación; los vendedores atraían a voces a los clientes. Dos años antes, allí sólo estaba el restaurante estatal, con unos camareros de actitud odiosa. A los dos años, los restaurantes privados empezaron a hacerle la competencia. En pocos años más, los comercios privados surgieron por todas partes como brotes de bambú tras la lluvia en primavera. En cambio, los restaurantes, cooperativas y tiendas populares y colectivos fueron cerrando y desapareciendo.
Tomé el autobús a Dongbeixiang y no llegué hasta las tres de la tarde. Al ver el estado de la casa destartalada y a mis padres envejecidos, sentí desesperación. Les conté mi situación en la unidad, donde no tenía posibilidades de prosperar ni de aprender el oficio de conductor y donde como máximo podría pasar otros dos años antes de volver a casa licenciado. "



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