Las islas griegas (fragmento)Lawrence Durrell

Las islas griegas (fragmento)

"El mar no tiene horario, y a veces, cuando se estropea el tiempo, uno se queda atrapado en un puerto durante varios días. No hay nada que hacer excepto jugar a las cartas, beber y vigilar el barómetro. Por eso los hombres del mar tienen rostros tan tersos; trabajan con lo inevitable, y dejan que el destino se encargue de ello. De joven, viajé mucho por estas aguas y guardo vívidos recuerdos de cuando me quedaba atrapado en un puerto hasta incluso diez días con muy poco que comer o que beber; en tales ocasiones, Ítaca, Pátmos, Míkonos, Léros o Kálimnos parecen elevarse desde el fondo del océano con la espuma que estalla a su alrededor y sonreír, los dedos sobre los labios. Los inviernos griegos son realmente mejores que los veranos... pero se necesita ser joven y estar en buena forma para soportar la lucha contra el frío y contra el viento.
En parte es la pobreza la que mantiene al griego tan feliz, tan sobrio y en armonía con las cosas. No hay psicoanalistas en Atenas; no podrían ganarse la vida. Los griegos actúan con total espontaneidad. Tan pronto como se siente algo, se hace; no hay espacio ni lugar para las preguntas sombrías ni para las elucubraciones. Cuando uno sabe que tal vez muera de hambre este invierno, cuando siente las costillas en la carne ¿para qué preocuparse del complejo de Edipo? Si tiene problemas mentales, el griego se prepara para un largo peregrinaje a algún monasterio distante y consulta al sabio de la localidad. Concede una auténtica importancia a sus problemas religiosos y, en el fondo, con excepción de las lesiones, no hay problema de salud mental que no sea en última instancia un problema religioso.
Me demoro un poco antes de abandonar la ciudad de Rodas donde pasé esos años tan felices durante la postguerra, encerrado en el jardín secreto de Murad Reis. Vivía de hecho en un cementerio turco tan tranquilo y tan bello que a menudo deseaba morir y ser enterrado en una de esas hermosas formas; descansar allí y soñar por siempre con Eyoub y las grandes damas que pasan el tiempo dormitando en los vehementes silencios del calor turco, acompañadas de un único sonido, el de las hojas al caer. En Rodas, eran las hojas de los eucaliptos, como pequeñas hélices que caían en volutas. Mi mesa en el jardín se pudría con el calor y el vino derramado; a veces apuntaba algo en ella o hacía un dibujo. Todo rezumaba sudor, vino y calor. Los amigos que venían a visitarme me escribían mensajes sobre la mesa cuando yo no estaba y finalmente empezaron a escribir poemas. El patio estaba completamente rodeado de hibiscos, la planta más bella, tenaz y femenina que existe. ¡Qué goce, como un trago de agua fría, verla estallar en la garganta del lecho de un río o en un nicho de piedras ardientes, en pleno verano! ¡En mis sueños, las mujeres siempre han estado mezcladas con hibiscos en flor! Tales imágenes alimentan oscuros anhelos. "



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