Todas las almas (fragmento)Javier Marías

Todas las almas (fragmento)

"Los mendigos oxonienses vagan. Son, de toda la población, los únicos que no saben a dónde van y dan vueltas y más vueltas por las calles grises y rojizas, bajo la lluvia o las nubes bajas. De vez en cuando se detiene uno de ellos a vomitar sobre el río Isis, encima de un puente, o se queda merodeando un rato a la puerta de un pub por si algún parroquiano con prisas (de los que salen a beber al fresco) deja un generoso culo de cualquier licor al alcance de su mano fuliginosa. Pero por lo demás nunca paran, son errabundos. Hay unos pocos que, por así decirlo, trabajan en algo más que en cultivar su aspecto menesteroso y tienen tendencia a estar fijos en un mismo sitio, o al menos arrastran algo en su vagabundeo (su herramienta de trabajo): son los que tocan un instrumento o poseen un animal ingenioso o hacen torpes malabarismos o canturrean baladas o dicen la buenaventura (escasísimos éstos, allí no hay casi clientela, ni curiosidad por el futuro). Estos mendigos activos son los más ricos y por consiguiente los más aborrecidos por sus colegas menos dotados. Yo he visto cómo dos de los más fieros y errantes (siempre barbados) se abalanzaban un atardecer sobre un hombrecillo entrado en años al que solía dar monedas por su apariencia aseada y pacífica y porque tocaba —lo había rescatado, dijo, de una hoguera portuaria en Liverpool— un organillo con chotis madrileños. Avanzar por Cornmarket y escuchar a lo lejos el vibrante sonido de un organillo tocando chotis me producía una hilaridad sólo comparable con la que me causaban los vivarachos grupos de turistas españoles con que me cruzaba algunos sábados y que iban invariablemente batiendo palmas, como es su costumbre en el extranjero (palmas claras). Así que no podía por menos de acercarme hasta el puesto del organillero cada vez que lo oía, aunque no me pillara muy de camino, y darle peniques, cuanto llevara suelto. Aquel atardecer, ya digo, vi cómo aquellos dos barbudos bestiales pateaban al viejo y su instrumento matritense. Corrí hacia ellos lleno de indignación y pánico, gritándoles barbaridades en español, y fue probablemente la sonoridad de una lengua extraña y adecuada al insulto (yo creo que les impresionó nuestra palabra culo) lo que los puso en fuga antes de que tuviera ocasión de estar lo bastante cerca para que me patearan a mí también (sin compasión), lo cual habría sido mi normal destino: no soy muy fuerte ni muy valiente. Ni el organillo ni el viejo sufrieron, por suerte, daños irreparables. Unos minutos después los vi desaparecer por St Aldate’s, un poco trastabillados, mientras acababa de caer la tarde. Era roja y yo respiraba agitadamente. "


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