Lección de alemán (fragmento)Siegfried Lenz

Lección de alemán (fragmento)

"Qué poco, qué poco necesitaron entonces para entenderse mutuamente, y qué rápido comprendieron ambos lo que se esperaba de ellos. No recuerdo que Max Ludwig Nansen preguntara nada más después de que le dieran media hora para preparar su equipaje y despedirse. Renunció también a ganar tiempo con esa maniobra. Pero no pudo evitar consultar: «¿Cuánto tiempo estaré fuera?». Y cuando, después de aquella pregunta, uno de los del abrigo de cuero se encogió de hombros y mi padre bajó la mirada hacia el suelo, el pintor caminó hacia la casa pasando por delante de ellos y dijo: «Terminaré enseguida. No necesito más de media hora».
Ninguno de ellos fue al establo. Se quedaron esperando con un pie en el parachoques, con un pie en el estribo de la puerta del coche, fumando, con el torso ligeramente inclinado hacia delante. Estaban relajados y tranquilos. Ya habían resuelto el asunto: tenían a su hombre, así que no les quedaba otra que aguardar en silencio. No le daban más vueltas a la cabeza y no manifestaron ningún interés por lo que estaba ocurriendo dentro del establo. No había en sus rostros ni un ápice de nerviosismo, pues ya habían comprendido que Max Ludwig Nansen era de los que aprovechaban el plazo establecido pero sin abusar de él. Ni siquiera se molestaban en mirar hacia el establo. Esperaron mientras el pintor entraba en la casa y malgastaba buena parte del tiempo tratando de escuchar con la espalda pegada a la puerta. Así me lo imagino yo.
Si me atengo a lo esencial y dejo de lado lo superfluo, si retrocedo a aquel momento, solo encuentro un modo de proseguir con mi narración: mientras mi padre, el policía del puesto de Rugbüll y los dos abrigos de cuero lo esperaban tranquilamente, entró el pintor en la casa. Se quedó tras la puerta y apoyó en ella la espalda. No se movió de la oscuridad del vestíbulo hasta que Ditte entró y lo encontró. Entonces él se echó a un lado y se aproximó a ella. No quería conversar en el vestíbulo, así que tomó a Ditte del brazo y la condujo de vuelta a la sala de estar. Solo por el modo en que la sujetaba ya tuvo ella que notar que algo sucedía, o estaba a punto de suceder. Dejó que la llevara junto a la estantería con los sesenta y dos amenazadores relojes, que marcaban, sin excepción, las cuatro pasadas. El doctor Busbeck se levantó del sofá y acudió a su encuentro. "



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